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Seguridad para ellos ¿y para nosotros?
Noticia publicada a
las 04:19 am 11/10/26
Por: Lorenzo Meyer.
"La geopolítica obliga a México a no dar pie en temas como el narcotráfico para evitar que EU le considere un problema de seguridad".
En el sistema internacional la lucha de las grandes potencias por crear y mantener esferas de seguridad es consustancial a su naturaleza, pero esa lucha suele ser un problema de inseguridad permanente para los países atrapados dentro de dichas esferas,
como lo ha sido históricamente para México desde la segunda mitad del siglo XIX y es hoy una verdadera maldición para Cuba o Ucrania.
La Presidenta Claudia Sheinbaum -como antes Andrés Manuel López Obrador- tiene que desempeñar el papel de interprete y defensora de la soberanía nacional frente a las presiones sistemáticas de la gran potencia vecina. Presiones que en cada coyuntura dependen de la concepción que ese vecino tenga de lo que es su seguridad y del estilo personal dominante de imponer esa concepción dominante en la Casa Blanca.
En la actualidad y en su relación con México, la definición de seguridad de la gran potencia incluye el narcotráfico, la migración indocumentada y el déficit norteamericano en el comercio bilateral, entre otros elementos. Y por lo que hace al estilo personal del gobernante en turno difícilmente podría ser peor. Hasta hoy el esfuerzo de Claudia Sheinbaum por evitar choques abiertos entre las agendas nacionales de nuestro país y la de Donald Trump ha tenido éxito, pero a costa de un esfuerzo considerable por parte de la Presidenta Sheinbaum y que corresponde a la magnitud de la asimetría de poder que hay al norte y al sur del Río Bravo.
En la actualidad el Gobierno mexicano está siendo sometido a un bombardeo de presiones -abiertas o apenas veladas- disparadas desde Washington. Una y otra vez Trump y su círculo -el Secretario de Estado, el del Tesoro, el asesor de seguridad nacional, el Procurador de Justicia, el Embajador en México, etc.- califican a nuestro país y a sus funcionarios de responsables por la gran corriente de drogas prohibidas que están presentes en las calles de las ciudades norteamericanas y sus consumidores aparecen en el reclamo como víctimas indefensas de los poderosos carteles criminales mexicanos.
Por otra parte, México también es presentado en el discurso antinmigrante norteamericano como el origen de una “invasión” masiva de indocumentados que amenazan tanto la seguridad como los empleos de sus trabajadores, además de que afecta la identidad misma de su nación. Desde luego que en ese discurso apenas si se considera la demanda, la venta de armas norteamericanas a los carteles lo mismo que el papel que juega la demanda de mano de obra no calificada en Estados Unidos, y con relación al déficit en el intercambio comercial con México, simplemente se ignora que buena parte de las “exportaciones mexicanas” al país de norte son en realidad hechas por empresas estadounidenses.
Para ilustrar con instancias concretas lo anterior conviene recordar que en lo que va de este año Trump, se ha referido directa y públicamente a México como un país sobre el que Estados Unidos podría verse obligado a usar la fuerza para hacer una tarea que le correspondería al Gobierno mexicano: destruir las bases físicas de los carteles. También ha insinuado que para acabar con el déficit comercial en el comercio bilateral podría optar por poner fin al acuerdo de libre comercio de 1992 y que ampara al 80 por ciento de las exportaciones mexicanas. Fue en ese contexto que el 3 de enero Trump aseguró que los carteles de la droga eran ya quienes controlaban al Gobierno de México. Una semana más tarde anunció que estaba considerando la posibilidad de ordenar ataques en territorio mexicano como los que actualmente efectúa la armada norteamericana contra las lanchas rápidas que se supone -sin pruebas- que transportan drogas. Fue el 10 de junio cuando dijo que estaba considerando la conveniencia de poner fin al tratado de libre comercio con México y Canadá porque ambos países habían incurrido en competencia desleal y que, finalmente, de México los norteamericanos no necesitaban nada. Para rematar, el 22 de septiembre y teniendo como auditorio a los representantes de los 193 estados miembros de la ONU, Trump aseveró que para su país ya resultaba inaceptable la incapacidad de las autoridades mexicanas para recuperar el control de esa parte de su territorio que de tiempo atrás estaba en manos de los narcotraficantes. A las referencias directas sobre una posible acción de fuerza estadounidense en territorio mexicano, deben añadirse como contexto las amenazas indirectas como la del 7 de marzo donde Trump sugirió que su país buscaría coordinarse con otros gobiernos del hemisferio para conjuntamente desmantelar todos los carteles de la droga de la región.
En fin, que, si a lo anterior se le añade todo lo dicho por Trump en torno a México como un problema para Estados Unidos desde hace once años, lo que llama la atención no son las andanadas contra México sino la capacidad mexicana de resistirlas.
Hasta ahora los gobiernos de la 4T han podido capear los embates de la política de la “mala vecindad” trumpista. Y es que, a diferencia de Canadá, el otro vecino de Estados Unidos declarado incómodo por el líder de la gran potencia, los dos gobiernos de la 4T han tenido la habilidad de evitar el choque abierto que hoy caracteriza la relación Washington-Ottawa. Y aquí es posible aventurar una hipótesis donde quizá el racismo ha jugado a favor de México. Y es que ese prejuicio tan arraigado en Trump y sus seguidores ha evitado que el Presidente norteamericano humille a nuestro país como lo ha hecho con Canadá al plantear repetidas veces la conveniencia de la anexión de los canadienses a la Unión Americana. Sólo al calor del entusiasmo que despertó entre el publico norteamericano en 1847 la ocupación por el ejército norteamericano de la Ciudad de México se explica el surgimiento en Estados Unidos de un Movement for All Mexico que proponía la anexión de la totalidad de nuestro país al suyo. Y si el proyecto no prosperó fue porque Washington consideró que lo óptimo era anexarse sólo al México casi despoblado para no tener que asimilar de golpe a toda una cultura nacional diferente. En contraste, en el imaginario de Trump un Canadá con todo y canadienses sería ganancia pura. Por inverosímil que eso parezca, el Primer Ministro canadiense, Mark Carney, se ha visto obligado a considerar tamaña eventualidad, (The New York Times, 23/09/26).
En nuestro caso, lo que no es imposible, es que el Presidente norteamericano decida ordenar operaciones “a la venezolana”, es decir, acciones de fuerza de entrada por salida contra objetivos muy específicos en territorio mexicano, aunque una decisión de esa naturaleza generaría más problemas políticos de los que supuestamente resolvería.
El concepto de “esferas de seguridad” desarrollado por el profesor Jeffrey Sachs en torno a la naturaleza de la relación inevitable entre una gran potencia y los países que le rodean -tema ya abordado por esta columna (24/09/26)-, permite al actor débil inducir al otro para que siga una política que no interfiera con la soberanía interna de los países situados en su zona de seguridad. Sachs argumenta que en las condiciones actuales es posible para una gran potencia como Estados Unidos mantener su zona de seguridad sin tener forzosamente que estar interfiriendo en los asuntos internos de los países que la conforman. Desde luego que estos últimos deben evitar que otra gran potencia les use para penetrar la dicha zona de seguridad.
Nuestra propia historia y el caso del “Telegrama Zimmermann” puede servir para ilustrar la propuesta. Como se recordará a inicios de 1917 y cuando Alemania chocó de frente con Estados Unidos a causa de su guerra submarina total para aislar a Inglaterra de sus fuentes externas de suministros, Arthur Zimmermann, el Ministro de Asuntos Exteriores alemán, propuso en secreto a México una alianza en contra Estados Unidos. Washington supo de la propuesta alemana y uso el hecho como una de las justificaciones para entrar en guerra con Alemania. En México el Gobierno de Venustiano Carranza simplemente actuó con prudencia y se declaró neutral lo que le valió un cierto castigo por parte de Estados Unidos por no haber rechazado la oferta alemana, pero evitó una nueva confrontación armada con el vecino del norte.
Para concluir, la lógica de la geopolítica obliga a México a no dar pie en temas como el narcotráfico para evitar que la gran potencia vecina le considere como un problema para su seguridad interna. A la vez, México siempre debe rechazar con firmeza la interferencia de la gran potencia en sus asuntos internos. Las acciones sistemáticas contra los cárteles de la droga le han permitido a la Presidenta mexicana las expresiones públicas de molestia y desaprobación por las relaciones tan estrechas e inapropiadas de la CIA y del Embajador norteamericano respectivamente con los gobiernos panistas de Chihuahua y Querétaro en temas de la seguridad mexicana.
En fin, el realismo político obliga a países que viven a la sombra de una gran potencia como el nuestro a ser cautos en la relación asimétrica, pero, a la vez, también debería obligarles a tener una buena política interna pues esa es la mejor base posible para exigir respeto a la soberanía en el manejo de sus asuntos internos.
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