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como es sabido, aparece hace unos 300 mil años, época en la que se han encontrado los primeros vestigios de nuestros ancestros. Nada sabemos de hecho de ese tiempo prehistórico, salvo las rigurosas deducciones realizadas por arqueólogos, antropólogos físicos, paleoantropólogos y paleogenetistas, pues la labor de los historiadores, en sentido estricto, ha de esperar a la aparición de la escritura que es muy reciente: un poco más de 5 mil años nos separan de los primeros textos y, solo entonces comienza propiamente la historia.
Por tanto, cuando propongo una brevísima historia de lo real, no de la materia y la energía, que nos llevaría de la mano de los astrofísicos, sino, insisto, de lo real, estoy invitando a una reflexión, si bien no completamente especulativa sí con una fuerte dosis de conjeturas sherlockholmescas, es decir, de abducciones, o sea, verdades posibles que integran de una forma coherente lo que a la luz de los datos puede conjeturarse.
Así, cabe suponer que nuestros primeros ancestros, todavía sin lenguaje, estaban inmediatamente ante lo real, lo que estaba ahí antes de ser nombrado: lo real era, por tanto, la fruta o las raíces con las que se alimentaban; el frío que los hacía refugiarse en las noches; el animal que los perseguía y los mataba o al que tras una lucha terminaban por matar ellos. Lo real originariamente era lo que los rodeaba, no todo, sino sólo lo que despertaba su apetito, su miedo, su necesidad de cubrirse. Había algo que provocaba sus sensaciones, que las activaba; lo real era lo que los hacía sentir pero también ellos mismos. Lo real era lo otro o ellos cuando el dolor los hacía experimentar alguna parte de su cuerpo. Lo real no necesitaba palabras, era sencillamente la certidumbre de la presencia. Una certeza que daba igual validez a la experiencia vigil que a las experiencias oníricas. Sentir y lo sentido, ya fuera en la vigilia o en el sueño, eran lo real. Tanto el afuera como el adentro, tanto lo otro como ellos mismos. Todo era real. Quienes mejor han descrito esa experiencia de totalidad originaria fueron Freud con su llamada experiencia oceánica, y Ernest Cassirer que se refería a un sentimiento simpatético.
Fue una etapa larga y lenta en la que, de seguro, primero surgió un conjunto básico de gruñidos y vocalizaciones que más que comunicar contagiaban un sentimiento, un tono que los invitaba a acercarse y otro que los hacía huir. Con el paso de los milenios esos ruidos irían formando propiamente un lenguaje. Sonidos deliberados que transmitían la idea de acudir o que eran entendidos como una advertencia de peligro. Las palabras alcanzaron su estatus pleno cuando fueron capaces de evocar, en ausencia de la experiencia efectiva, el objeto al que se refieren.
Hoy esa potencia la tiene el lenguaje de una manera plena. Es la que nos permite, durante la lectura de un cuento o de una novela, representar en nuestra conciencia un mundo que no está inmediatamente delante de nosotros, pero en el que podemos entrar y vivir como si fuera real.
Con la aparición del lenguaje cada porción significativa de esa originaria totalidad de la que ni siquiera nos distinguíamos adquirió contorno, quedó limitada, y descubrimos que había cosas iguales: la misma palabra para cosas semejantes: "árbol" para cualquier especie de árbol y "pez" para cualquier pez, sin que aún se distinguiera entre truchas y salmones. Cada palabra reunía un conjunto de lo real y permitía distinguirlo de otros conjuntos de objetos semejantes. Y no es que anteriormente no las diferenciáramos, solo que con las palabras emergieron más claras: el lenguaje nos volvió analíticos. Lo real, entonces, se volvió objetivo, se trasformó en objeto y fue más fácil marcar una frontera entre lo que era real y lo que solo eran nuestros sueños: esas dos experiencias que eran igualmente vívidas, se divorciaron pues una se apoyaba en lo real y la otra solamente en nuestra imaginación. Diferenciación que aún hoy cuesta deslindar del todo, pues las ideas que nos hacemos de las cosas, nuestros fantaseos, nuestros prejuicios y nuestras creencias, a ratos, nos confunden y pensamos que son reales.
Me atrevo a suponer que deslindar lo real y los sueños fue más difícil que diferenciar lo real y una alucinación, pues me gusta imaginar que antes de la palabra "alucinación" corríamos convencidos de que el espejismo era real, y cuando ya contamos con esa palabra, seguimos corriendo hacia el espejismo, pero nuestra desilusión fue menor al descubrir el engaño.
Lo visto, lo olido, lo tocado, en una palabra, lo sentido era lo real. Poco a poco, a causa del lenguaje, lo real fue perdiendo territorio: los sueños no eran reales, las alucinaciones no eran reales, lo imaginario no era real… Sin embargo, como cualquiera podrá comprobarlo, actualmente, para muchos todavía ese territorio no se ha reducido y siguen creyendo en la realidad de los sueños y en la de los seres imaginarios.
Supongamos, no obstante, que efectivamente lo real perdió dichos territorios, al menos para algunos a los que podríamos llamar "vanguardia intelectual" o, si se prefiere, podríamos llamarlos "los raros", para que no se nos cuele ningún factor de valoración o de supuesta superioridad. Para algunos "raros" lo real perdió terreno y se constriñó a lo que constataban con los sentidos durante la vigilia. En ese contexto surgieron, en lo que ahora es Turquía, en el siglo VI a. C., algunas personas aún más raras. Unos raros entre los raros: los filósofos.
Antes de adentrarnos en lo que a propósito de lo real propusieron estos rarísimos. Permítaseme enfatizar en un hecho importante: lo ultra reciente que resulta la filosofía cuando se le mira en la perspectiva de la especie homo sapiens: 300 mil años y solo apenas hace poco más de 3 mil 500 años que surge esta disciplina. Si pensamos en las inercias instintivas, en las costumbres míticas que vienen acompañándonos casi desde el origen durante centenares de milenios y milenios y en lo insignificante, por nueva, que es la filosofía, se comprende mejor por qué incluso hoy muchos siguen pensando que lo real es lo que sienten, y a todos nos resultan extremadamente antipáticas y contraintuitivas las propuestas filosóficas.
Con la aparición de la filosofía ocurren incontables cambios. Hoy solo quisiera referirme a dos que afectan lo real: el primero es que a lo largo de la filosofía clásica (desde la presocrática hasta Aristóteles) lo real ya no es lo que aparece a los sentidos tal cual. Los sentidos están puestos en duda. Y de la mano de esta duda aparece la Razón como elemento con el que se convalida lo que es real. Lo real no es todo lo que vemos; lo que vemos para que se admita como real tiene que cumplir con el requisito de ser racional. Digamos que con la filosofía lo real se replantea.
¿Cómo va mutando lo real? Es precisamente la historia de la filosofía que ocupará mi próxima entrega y que, por supuesto, también tendrá que ser sintética.
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Fuente: Sin Embargo.
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