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La sensación de fin de mundo
Noticia publicada a
las 02:55 am 10/09/26
Por: Oscar de la borbolla.
"Lo que hoy ocasiona este estado emocional de "sin mañana" es, entre otras cosas, el contacto constante con las redes sociales".
Hay muchas causas del actual desaliento de los jóvenes, pero una, muy importante, es la sobreinformación a la que están sometidos: una hora frente a las redes sociales se convierte en 20 o 30 versiones de la misma desgracia que ocurrió en nuestro país,
y a 300 o 400 catástrofes que diariamente pasan en todos los rincones del mundo. Y eso por tan sólo mencionar las que son noticias reales, pues las fake news tienen una frecuencia que resulta incalculable. Ojalá fuera solamente una hora. Ver todo el día calamidades y desastres produce una sensación de fin de mundo y cuando se vive con esta sensación permanentemente reforzada, no se tiene ánimo para proyectos a largo plazo, ni compromisos que echen raíces. La vivencia de "sin mañana" acentúa el hoy, lo disloca del continuo del tiempo: todo tiene que estar listo hoy o —como decimos en México— ahoritita mismo; la prisa, la velocidad con la que quisiéramos alcanzarlo todo ha extinguido la paciencia, la esperanza y la confianza en el porvenir, de los adictos a las pantallas. Y, en estos tiempos, adictos es lo que somos todos. Y de este mal no se salvan ni los que permanecen encerrados por el algoritmo en su burbuja informativa: es tan copiosa la avalancha que también penetra en esos submundos.
Por supuesto que no propongo cancelar el derecho que tenemos a estar informados: necesitamos saber qué pasa para actuar, para elegir, para saber a qué atenernos y por dónde irnos. Pero estar informado es muy diferente de estar sobreinformado: saber lo que ocurre nos ilumina; ver cien veces lo mismo aumenta la magnitud emocional y cambia radicalmente la percepción de nuestra vida.
Todos sabemos que una de las épocas más gloriosas de la humanidad fue el Renacimiento, esa etapa en la que se redescubrió lo griego y lo latino y que marcó el final de la Edad Media para que comenzara la Edad Moderna con el resurgimiento de la ciencia y las artes, el humanismo... Son dos siglos: el XV y el XVI en los que el nuevo ímpetu se extiende desde Florencia a toda Europa. Cuando uno contempla —por sólo mencionar a los más destacados— las obras de Leonardo o de Miguel Ángel no puede sino respirar un aire de asombro y de esperanza. La vida valía la pena vivirse. La arquitectura, la pintura, la anatomía, las ciencias en general ofrecían una irradiación que todavía ha llegado a nosotros.
Y sin embargo, no fue un tiempo exento de desgracias: durante esos mismos siglos XV y XVI ocurrió el descubrimiento de América que significó el exterminio demográfico de la población nativa del nuevo continente, a causa, sobre todo, de la viruela, el sarampión y la gripe, además de los trabajos forzados. Sólo en lo que actualmente es México, se calcula que a la llegada de Colón había 25 millones de habitantes y para cuando se consolida la Colonia quedaba apenas poco más de un millón. En el continente la cifra de poblaciones indígenas rondaba los 100 millones y en ese periodo se redujo entre el 80 y el 90 por ciento. El daño en pérdidas humanas fue mayor que el sucedido durante la multipublicitada Segunda Guerra Mundial.
También recuérdese lo que fue para la población africana de esos siglos el comercio de personas: la esclavitud, y el modo como la gente capturada era llevada en los barcos. Iban encadenados y acostados hombro con hombro, en varias capas. Sin poder incorporarse y, por supuesto, sin inodoros, y así permanecían entre uno y tres meses que duraba la travesía. Sólo llegaban vivos la quinta parte…
Todo esto ocurría mientras un escultor de nombre Bernini tallaba piezas como "Dafne y Apolo" —escultura que, en lo personal, más me impresiona por su perfección: el manto de Dafne casi se transparenta y da la impresión de ser de seda traslúcida, pese a que el material es mármol— o mientras Leonardo generaba toda suerte de prodigios y Miguel Ángel esculpía "La Piedad".
Sólo me pregunto: ¿qué habría pasado si durante el Renacimiento quienes se esmeraban por alcanzar la perfección y quienes valoraban el esfuerzo hubieran estado tan sobreinformados como nosotros?, ¿habría existido el ánimo para entregarse a obras perdurables no sólo para un modesto futuro sino para la eternidad? ¿Se habría dado, siquiera, el Renacimiento?
Y así podríamos pasar revista a todas las épocas. Otro ejemplo: uno imagina la Edad Media como un periodo aburrido y calmoso de la historia humana, pero por varios siglos los asaltos vikingos a las poblaciones costeras de Europa fueron de lo más sangrientos. Sólo imagínese las muchas ocasiones en las que, navegando por el Sena, las naves vikingas llegaron a París. Fueron los mismos años en que los copistas mantenían vivos los libros de la antigüedad griega; libros sin los cuales todo ese patrimonio se habría perdido. Lo hacían por el futuro. Pese a lo sanguinario y frecuentes de los ataques vikingos, no se vivía con la sensación de fin de mundo, se vivía con la confianza de un mañana indefinido. ¿Cómo explicar de otro modo que la riqueza de la cultura griega se haya salvado y el hecho simple de que ha llegado a nosotros?
Siempre ha habido guerras, locos reinando (recuérdese a Calígula que nombró cónsul a su caballo y a Nerón que mandó incendiar Roma para que ardiera al tiempo que tocaba la lira; o a Luis XIV que mandó construir el opulento palacio de Versalles mientras los franceses morían de hambre en la penuria, o a Luis XV declarando, con toda la irresponsabilidad del mundo: "Después de mí, el diluvio"). Los cataclismos han estado siempre: terremotos, incendios, enfermedades, escasez, dolor y muerte. Lo que no hubo fue sobreinformación. El mundo de hoy, incluso contra la generalizada impresión, está mejor que antes (sólo piénsese en lo que implica la actual esperanza de vida), lo que cambia es la impresión que nos hacemos del mundo. Y lo que hoy ocasiona este estado emocional de "sin mañana" es, entre otras cosas, el contacto constante con las redes sociales. Lo que es nuevo es la epidemia de depresión que vuelve tan comprensible la evasión por la que hoy muchos desertan de la realidad fugándose a paraísos artificiales o, simplemente, al mundo de la virtualidad.
En el fondo, es tan obvio por qué hoy son tan raros quienes se esfuerzan, toman con responsabilidad su propia vida y se dan tiempo... Es tan obvio... Pero había que decirlo. Sin duda, una vez que se ha dado el estado de sobreinformación, lo que urge es educar a la gente para que esté en condiciones no de asimilar tanto impacto sino de saber jerarquizar y, sobre todo, de poner cada cosa en su sitio justo.
X @oscardelaborbol
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