Claudia Guerrero Martinez
"ENTRE LO
UTOPICO Y LO VERDADERO"
Gilberto Nieto Aguilar
"LIBERTAD
Y EDUCACION"
Martin Quitano Martinez
"ENTRE
COLUMNAS"
Evaristo Morales Huertas
"VERACRUZ
EN LA MIRA"
Luis Hernandez Montalvo
"MAESTRO
Y ARTICULISTA"
Cesar Musalem Jop
"DESDE
LAS GALIAS"
Angeles Trigos
"AIDOS
Q DIKE"
La mujer es lo mas bello de la vida, cuidemos de ellas...
El otro Hidalgo
Noticia publicada a
las 02:05 am 04/09/26
Por: Otto Schober.
Miguel Hidalgo fue intelectualmente superior a todos los hombres de su generación. Nacido en 1753, en la hacienda de Corralejo. Estudió en el colegio de San Nicolás, en Valladolid.
Se recibió de bachiller en letras, en artes y en teología. Fue ordenado sacerdote en 1778 y su ascenso en el colegio de San Nicolás fue meteórico.
Entre 1776 y 1792 fue catedrático, tesorero, vicerrector, secretario y rector. Hablaba con fluidez el francés, el italiano, el tarasco, el otomí y el náhuatl.
Los colegiales le llamaban el “Zorro”, cuyo nombre correspondía perfectamente a su carácter taimado”.
Era un hombre que enfrentaba la vida con un sentido eminentemente práctico. A su paso por los curatos de Colima, San Felipe en Guanajuato y Dolores dejó una estela de obras exitosas.
Dedicó su tiempo a las faenas agrícolas e industriales; instaló talleres para desarrollar diversos oficios, dedicó parte de su tiempo a la apicultura, la cría del gusano de seda y el cultivo de la vid.
Se aficionó a la lectura de libros de ciencia y arte.
Tenía conocimientos de economía política y su erudición asombraba a propios y extraños.
Amante de la música instruyó a los indios en el aprendizaje de algunos instrumentos, logrando formar una pequeña orquesta. Carismático y agradable al trato, pronto se ganó el cariño de sus vecinos.
Era un cura apreciado, sobre todo por su don de gentes.
Su rebaño espiritual no le preocupaba, lo dejaba en manos del eclesiástico Francisco Iglesias, prefería la vida material y la reflexión intelectual. Sin empacho organizaba tertulias y veladas literarias en su casa.
Al calor de alguna bebida espirituosa por las noches su hogar se convertía en el foro para discutir sobre filosofía, teología, artes y política. Escucharlo disertar era un verdadero deleite, defendía con pasión sus argumentaciones, y la palabra lo poseía.
Fue un seductor de almas. La primera etapa de la guerra de independencia estuvo marcada por la improvisación.
Hidalgo se dejó llevar por su instinto, apostó a su carisma y a su investidura sacerdotal y logró reunir decenas de miles de hombres, sobre todo de las clases populares.
No tenía un plan de guerra claro, sólo improvisó y se ganó la confianza del pueblo con una acción que no tenía prevista: Al pasar por el santuario de Atotonilco, vio casualmente en la sacristía un cuadro de la virgen de Guadalupe, y creyendo que le sería útil apoyar su empresa, lo hizo suspender en la asta de una lanza, convirtiéndose en el “lábaro” o bandera sagrada de su ejército.
La relación de Hidalgo con Allende y el resto de los oficiales fue tirante. Allende representaba el orden y la disciplina del ejército.
La muchedumbre que seguía al cura desconocía ambos términos.
Las primeras batallas ganadas por el ejército insurgente fueron producto de su numeroso contingente y del factor sorpresa que acompañó a los rebeldes en los primeros momentos de la insurrección.
Frente a la organización del ejército virreinal, pronto llegaron las derrotas.
Por encima de los demás jefes insurgentes, Hidalgo se ganó la voluntad de su pueblo gracias a métodos poco ortodoxos: Permitiendo el saqueo, la rapiña y en ocasiones hasta el asesinato”.
El desorden fue la característica del movimiento liderado inicialmente por Miguel Hidalgo.
El desorden se convirtió en caos y el caos terminó por devorar a los primeros caudillos de la independencia. Hidalgo llegó a reconocer que nunca “pudo sobreponerse a la tempestad que había levantado”.
Hombre de extremos, tuvo momentos luminosos como decretar la abolición de la esclavitud y la restitución de tierras durante su estancia en Guadalajara en diciembre de 1810.
Pero las sombras de la soberbia y el egocentrismo se posaron en su persona. “Tan repentino engrandecimiento, hizo desvanecer completamente la cabeza a Hidalgo –escribió Lucas Alamán-. Dábasele el tratamiento de alteza serenísima: Acompañaban su persona, oficiales que lo custodiaban y se llamaban sus guardias de corps, y en todo se hacía tratar como un soberano”.
Más que un acontecimiento histórico, los sucesos y los personajes que desencadenaron el inicio de la independencia parecen surgidos de una novela de aventuras.
Una invasión en la península ibérica despierta la conciencia de los criollos americanos. Una conspiración que involucra a militares, autoridades políticas, a una bella mujer y a un cura.
Juntas secretas donde se discute el futuro del territorio novohispano. Los acontecimientos se precipitan.
Los personajes son delatados y el cura toma su decisión, cruza el punto sin retorno: iniciar la revolución.
Con la violencia desatada, enferma de poder y la sinrazón lo toma de rehén. Cuando se percata del camino de sangre que ha dejado a su paso, recupera la razón.
Pero es demasiado tarde, es hecho prisionero junto con sus compañeros de armas y es fusilado.
Hidalgo murió arrepentido de haber llevado la guerra de independencia por los derroteros de la violencia que por momentos pusieron en riesgo el futuro del movimiento insurgente pero no se arrepintió por la justicia de la causa. Reconoció ante sus enemigos haberse “dejado poseer por el frenesí” causando incalculables males.
Ciertamente “hirió de muerte al virreinato” pero también dejó marcada en la conciencia social de los mexicanos el grito “mueran los gachupines” que llegó a materializarse con la expulsión de españoles ocurrida en 1828 y 1829.
Aún así, en la crudeza de su movimiento se reflejó la violencia de varios siglos de injusticia social, ignorancia y pobreza auspiciada por la corona española.
“Padre de la patria” es un término excesivo bajo cualquier circunstancia. Sin embargo, el cura de Dolores, se ganó un lugar en la historia.
Su grandeza, como la de sus compañeros de armas, se encuentra en el acto íntimo, libre y voluntario de atreverse.
Hidalgo dio un paso más y traspasó el umbral de la vida cotidiana, a la que renunció irremediablemente.
Para hacer una insurrección –escribió Lorenzo de Zavala- era preciso estar dotado de un carácter superior, de un alma elevada, de una fuerza de espíritu capaz de sobreponerse a los obstáculos que oponía un sistema de opresión tan bien combinado como el del gobierno español.
Estas cualidades no podrán disputarse a estos hombres ilustres.