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La persona que decidimos ser
Noticia publicada a
las 02:18 am 30/08/26
Por: Irene Spigno.
Querida amiga, querido amigo:
¿Qué tipo de persona quieres ser?
Hace unos días tuve la oportunidad de impartir una conferencia sobre Emociones y Derechos Humanos, en la que quise resaltar la importancia de que las personas juristas del siglo 21 no solamente tengan una gran preparación y especialización en las materias jurídicas,
sino que también sean capaces de comprender las emociones.
Esto no significa sustituir los argumentos o las razones por los sentimientos, sino comprender mejor a las personas a quienes se aplica el Derecho y las realidades humanas que existen detrás de cada conflicto.
Como se trataba de una plática dirigida a estudiantes de nuevo ingreso de la Licenciatura en Derecho con Perspectiva en Derechos Humanos de la Academia Interamericana de Derechos Humanos, les invité a reflexionar sobre qué tipo de personas juristas querían ser.
Y mientras formulaba esa pregunta, me di cuenta de que detrás de ella había otra mucho más grande.
Porque antes de preguntarnos qué clase de profesionales queremos ser, qué queremos hacer con nuestros conocimientos o cómo queremos ejercer nuestro trabajo, quizás deberíamos preguntarnos algo todavía más elemental: ¿qué tipo de persona queremos ser?
Construimos esa persona todos los días a través de una serie de decisiones grandes y pequeñas.
Las primeras se reflejan en lo que estudiamos, dónde decidimos vivir, qué trabajo elegimos hacer o con quién queremos compartir nuestra vida.
Pero también la construimos mediante decisiones mucho más pequeñas y silenciosas que tomamos cotidianamente: por ejemplo, cómo decidimos tratar a alguien cuando estamos cansados; cómo respondemos cuando estamos enojados; qué hacemos cuando alguien nos decepciona; cómo reaccionamos frente e las injusticias, o qué hacemos con nuestro miedo, nuestras tristezas, heridas, y frustraciones.
No siempre podemos elegir lo que sentimos. Emociones como el miedo, el enojo, la tristeza, la frustración o la decepción muchas veces aparecen sin pedir permiso e influyen en nuestros comportamientos.
Aunque nuestras emociones puedan ayudar a comprender por qué actuamos de determinada manera, no necesariamente deberían justificar la forma en que decidimos comportarnos.
Hay personas que utilizan sus emociones como un permiso para justificar sus comportamientos, aun cuando saben que están mal. Hay personas que sienten dolor y deciden ser crueles.
Que consideran haber recibido un daño y se consideran legitimadas para hacer otro. Personas que atraviesan un momento difícil y creen que las demás tienen que aceptar y tolerar cualquier trato porque ellas están sufriendo. Son decisiones que se toman.
Pero podemos escribir una historia distinta: quizás no podemos decidir cómo nos sentimos, pero sí podemos decidir qué hacemos con nuestras emociones. Tenemos la pluma en nuestras manos.
Podemos decidir no convertir nuestras heridas en heridas para alguien más. Podemos decidir no devolver el dolor que recibimos.
Podemos decidir ser amables incluso cuando estamos cansados o frustrados, cuando alguien nos decepcionó o cuando la vida, por un momento, no está siendo amable con nosotros.
Ser amables no significa permitir que los demás nos lastimen: podemos seguir poniendo límites y alejarnos de situaciones y relaciones que nos hacen daño.
Podemos defendernos y decidir que algún vínculo ya no tiene cabida en nuestra vida, aunque sigamos preocupándonos para que esa persona esté bien; podemos incluso perdonar sin regresar y querer a alguien o comprender sus razones sin aceptar sus comportamientos.
Tenemos el poder y la responsabilidad de decidir qué tipo de personas queremos ser y como queremos actuar, incluso cuando recibimos dolor o cuando estamos atravesando una etapa difícil.
Porque, al final, nuestras emociones nos pertenecen, pero también nos pertenecen nuestras decisiones.