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cuando termina la película que nos mantuvo absortos; o a ese sitio que reaparece cuando cerramos las páginas de una novela, porque sencillamente la vida nos reclama con sus horarios. La realidad es esta, la que veo con mis ojos, palpo con mis manos: la que siento con cada uno de mis sentidos. Es no solo un aquí, sino un aquí que es exactamente como uno lo percibe: el árbol es rugoso y tiene hojas verdes y llenas de nervaduras; el pavimento es firme; estos son amigos y estos, enemigos; estas personas me importan y todas esas no, aquellas que afectivamente están distantes de mí: docenas o cientos de individuos que todos los días se cruzan en mi camino y en los que ni siquiera reparo.
Esa realidad de veras es una certeza que no nos cuestionamos, la damos por buena y, aunque todos entramos y salimos continuamente de ella, cuando despiertos nos ponemos a recordar, a planear, a fantasear, siempre distinguimos muy bien la frontera entre una dimensión y otra; una cosa es la realidad y otra, lo que nuestra imaginación nos coloca delante. Uno puede distraerse: asomarse a la pantalla del celular y dar uno o cientos de pasos sin darse cuenta; pero en algún momento, una mano caritativa nos detiene para que no sigamos avanzando a ese peligro que está abajo de la banqueta. Uno distingue bien cuando la ensoñación se interrumpe y nos descubrimos sentados a la mesa de trabajo de la oficina, en el aula escolar o en plena calle. Para nosotros la realidad es real e, insisto, estamos convencidos de que la realidad es exactamente como la vemos.
Hoy, sin embargo, quisiera poner en duda esa realidad y, sobre todo, el que sea exactamente como la concebimos, pues cuando vemos una silla, no es la silla misma la que entra por nuestros ojos, sino una frecuencia de luz que se transmite como impulsos eléctricos a través de nuestros nervios ópticos y que llega al cerebro donde estimula una compleja red de neuronas que hace que se presente como una imagen en nuestra conciencia. Todo lo que llamamos mundo, realidad, es una representación en la conciencia.
Esa representación depende del estado bioquímico de nuestros organismos, pues no se capta el mismo espectro de luz cuando uno se encuentra en estado normal, que cuando está alterado por alguna sustancia psicotrópica. Bajo el efecto de ciertos alucinantes somos capaces de apreciar frecuencias de luz que regularmente nos pasan inadvertidas: colores psicodélicos fueron llamados en alguna época. Y, además, esa captación del mundo depende en gran medida de la especie a la que pertenecemos. No vemos lo mismo todos los seres vivos; los gatos poseen visión nocturna, el más débil destello es suficiente para ver con claridad en la noche. Y no se diga los murciélagos que, como es bien sabido, son ciegos y poseen un sofisticado sistema de sonar, el cual, mediante chillidos que rebotan, les permite hacerse una representación muy eficaz para no chocar con lo que está delante de ellos.
Así, lo que admitimos como real no es la realidad misma, sino una representación que aparece en nuestra conciencia y que depende de nuestro particular aparato perceptual. Los ojos de la mosca, por ofrecer otro ejemplo, le permiten, sin mover la cabeza, una visión de 360 grados y, además, capta el movimiento de manera tan fragmentada que le hace ver el mundo en cámara lenta; por ello las moscas son tan difíciles de atrapar.
La realidad misma, como podrá apreciarse, no es como la captamos y, además como los seres humanos somos unos seres históricos que a lo largo del tiempo van cambiando de ideas, de preocupaciones, de creencias, de intereses… esas ideas operan como un filtro. Hoy cuando vemos el celaje nocturno no creemos que las estrellas sean fijas, que estén estampadas en una cúpula, sino que sabemos que el universo está en expansión y, además, que esa luz de las estrellas salió de cada una de ellas hace miles o millones de años, que son noticias viejas, viejísimas; y que hoy, es posible que ya ni siquiera existan.
Pero como no sólo la ciencia filtra nuestra realidad, sino que también lo hacen las ideas morales, políticas, religiosas, jurídicas… ya tampoco vemos el rayo que truena en medio de la lluvia como una manifestación de la furia de Zeus, ni la lluvia como un favor de Tláloc, ni la esclavitud como un forma de propiedad natural, ni siquiera nos vemos a nosotros mismos como alguna vez lo hicimos: ya no somos los súbditos de un rey impuesto por el mismísimo Dios para que decida nuestras vidas, ni los varones se ven como los dueños exclusivos de todos los derechos. Hoy varones y mujeres nos vemos como individuos con iguales derechos o, al menos, así ocurre en las zonas más evolucionadas de la sociedad.
Las ideas nos filtran la realidad y nos muestran una realidad de acuerdo con nuestra ideología. No resultan iguales las visiones de los vikingos de los siglos IX o X, cuando la era vikinga estaba en su apogeo, que la que hoy tienen los habitantes de la península escandinava o de Dinamarca. Ni siquiera consideramos bello lo mismo que alguna vez pareció bello. Por decirlo de una manera sintética: la realidad se nos parece y si hay tantas realidades como ideologías ¿cómo poder estar seguros de que lo que hoy damos por bueno, sea así efectivamente? Casi podría decirse que vivimos en una alucinación colectiva y que es una mera fantasmagoría lo que para nosotros son las cosas.
Con la misma presunta validez, en distintas épocas, hemos pisado firmemente el piso y hemos dicho: ¡esto es lo real!, pero, así como ahora estamos seguros de que nuestra visión es la correcta, en otros tiempos fue tomado en serio lo que ahora nos resulta un disparate. Llegará el momento en que mereceremos una mirada misericordiosa, como ahora miramos con justificado escepticismo lo que nuestros ancestros creían real. ¿Será que la única verdad es lo que dijo Shakespeare cuando afirmó: "Formados somos por la misma materia de los sueños y un sueño abarca nuestra triste vida?"
X @oscardelaborbol
Fuente: Sin Embargo.
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