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“Monina” cambia de nombre, no de apetito
Noticia publicada a
las 01:13 am 12/08/26
Por: Edmundo Velázquez.
Hay quien cambia de nombre para empezar de cero. Y hay quien cambia de nombre para empezar a cobrar.
Olga Lucía Romero Garci-Crespo, con documentos de por medio, pertenece al segundo grupo.
Vayamos al expediente, porque aquí no hace falta inventar nada: la realidad ya trae suficiente material.
Durante décadas, la hoy dirigente estatal de Morena en Puebla se llamó legalmente Mónica Caballero Garci-Crespo, hija reconocida de Edmundo Caballero Albarrán, quien la registró como hija natural en un acta de nacimiento con folio 7968 en 1981. Bajo esa identidad —”la de los Caballero, no la de los Romero”— recibió la herencia de su padre adoptivo. Nombre, apellido y patrimonio, todo en regla, todo heredado de quien la crio y la reconoció como suya.
El asunto es que a doña Socorro Romero Sánchez, propietaria del emporio avícola El Calvario, Huevo Tehuacán y Hoteles Solaris —valuado en más de 600 millones de dólares—, le dio por morir en diciembre de 2009 sin dejarle nada a Mónica Caballero.
En su testamento designó como heredera universal a su sobrina Estela Romero Bringas. Nada de Olga, nada de Mónica, nada de Caballero ni de Romero por ese lado.
Aquí viene la parte que a todo Tehuacán se le hace, cuando menos, curiosa: seis años después de la muerte de Socorro —no antes, no al momento del deceso, sino seis años más tarde— Olga Lucía Romero Garci-Crespo inició el trámite para revertir su propio cambio de identidad y volver a ser “Romero Garci-Crespo”.
¿La motivación?
Los propios documentos del litigio no dejan mucho espacio a la imaginación: reclamar una porción de la fortuna de la misma Socorro a la que, según sus propios parientes, apenas conocía. Familiares han declarado públicamente que nunca la vieron en reuniones familiares, que algunos de ellos de plano no la ubicaban.
Ni la topan, como se dice en buen tehuacanero.
Y no es que la ley mexicana no contemple la libertad de una persona para decidir a quién le hereda lo suyo: la contempla, y de sobra.
El problema no es jurídico, es de cronología y de apetito. Primero fue hija de Caballero para heredar de Caballero. Luego, cuando el negocio se puso mejor en otro lado, decidió que también era Romero para heredar de Romero. Todo dentro de la ley, faltaba más; pero también todo dentro de una coincidencia que ningún poblano se traga con la naturalidad con la que ella la explica.
Doce años lleva ya en este litigio.
Doce años, un cambio de identidad, jueces de por medio, amparos de por medio y, más recientemente, un operativo con Ejército y Guardia Nacional para detener a una anciana de 85 años en silla de ruedas —de eso hablaremos en la próxima entrega—.
Doce años y, hasta la fecha, ni un peso de esa herencia en sus manos. Como quien dice: se cambió de nombre, se cambió de familia, pero la suerte no se le ha cambiado.
Queda pendiente, eso sí, una pregunta que en Tehuacán se hacen hasta en la fila del mercado: si el verdadero interés de Olga Lucía fuera la sangre y no el dinero, ¿por qué no litigó con el mismo ímpetu la fortuna de su padre biológico, Francisco Romero Bringas —el hombre que, según se cuenta, detonó el emporio avícola “El Calvario” y amasó una fortuna comparable, o mayor, a la de la propia Socorro?
De ese capital, hasta donde se sabe públicamente, Olga Lucía no ha reclamado gran cosa. Es bien sabida, eso sí, su cercanía con Gustavo Romero, cercanía que ella misma pregona.
Pero la suspicacia es natural: no reclamó la fortuna de la sociedad de su padre biológico en El Calvario, y sí la de Socorrito, a quien ni conocía.
La sangre, cuando no rinde en tribunales, deja de ser prioridad. Monina cambió de nombre. Lo que no ha cambiado es el apetito.