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El mundo alterno de Mónica Caballero
Noticia publicada a
las 02:19 am 07/08/26
Por: Edmundo Velázquez.
En Tehuacán, ya nadie sabe con certeza dónde termina Mónica Caballero y dónde empieza Olga Romero.
No porque haya prueba de una suplantación. Sino porque cada nombre parece activarse, justo cuando hay patrimonio de por medio.
Nació como Olga Lucía Romero Garci-Crespo.
A los once años, cuando su madre formó familia con el empresario Edmundo Caballero Albarrán, pasó a ser conocida legal y socialmente como Mónica Caballero Garci-Crespo.
Durante 3 décadas fue Mónica.
Mónica para crecer.
Mónica para hacer vida en Tehuacán.
“Monina” para los cuates.
Mónica, para ser identificada públicamente como integrante de la familia Caballero.
Edmundo Caballero la reconoció como hija y ella recibió bienes de esa familia a su fallecimiento.
Entre ellos, según se ha documentado, el inmueble donde hoy sostiene un restaurante en Tehuacán. Donde, por cierto, el tartufo es delicioso.
La historia pública es contundente: los Caballero le dieron apellido, identidad, patrimonio y pertenencia.
Mónica fue Caballero mientras el apellido significó familia, posición y patrimonio.
Después se lo quitó.
Hasta que apareció otra herencia.
Socorro Romero Sánchez, empresaria avícola y dueña del emporio SRS, murió en 2009. Seis años después, en 2015, Mónica promovió legalmente volver a llamarse Olga Lucía Romero Garci-Crespo y reclamó filiación con Francisco Romero Bringas como su padre biológico.
Con el nuevo nombre llegó también la disputa por un patrimonio que se ha estimado en más de 600 millones de dólares —empresas avícolas, inmuebles, fideicomisos— y una carrera política que la llevó a aliarse con Miguel Barbosa y, ya bajo la sigla de Morena, a convertirse en dirigente estatal del partido y diputada local por Tehuacán.
Ahí es donde la historia adquiere un tufo difícil de disimular: después de haber sido reconocida durante décadas como integrante de los Caballero —y de haberse beneficiado de esa familia— dejó atrás el apellido para presentarse como Romero y disputar una segunda herencia.
El cambio de nombre puede haber sido perfectamente legal.
Lo que resulta políticamente inevitable es cuestionar su oportunidad.
Para vivir, crecer y ser reconocida socialmente: Mónica Caballero.
Para entrar a la disputa de los Romero: Olga Romero.
Un apellido para recibir de los Caballero. Otro para intentar quedarse con parte de los Romero.
Mónica cuando convenía ser Caballero.
Olga cuando apareció la fortuna Romero.
El cambio, por sí solo, no prueba nada. Pero obliga a la sociedad a mirar de frente una cronología que resulta, cuando menos, demasiado conveniente.
En Tehuacán se sabe que la cercanía entre Olga y Socorro Romero está lejos de ser el vínculo estrecho que la política ha descrito públicamente. Del otro lado, ella sostiene una filiación y una pretensión sucesoria que —como corresponde— deberán resolverse con documentos y sentencias, no con estructura ni con poder político.
Se puede llamar derecho sucesorio. Lo que empieza a parecer, para buena parte de Tehuacán, es un intento de allegarse una herencia a la que en principio nadie la invitó.
Y la pregunta incómoda queda ahí, sin responderse: ¿qué clase de gratitud existe hacia la familia Caballero si, después de recibir su nombre, su reconocimiento y buena parte de su patrimonio, se borra el apellido para ir detrás de otra fortuna?
No parece una historia de identidad.
Parece una historia de conveniencia.
Y aquí empieza lo verdaderamente delicado.
Porque Olga Romero ya no es solamente una particular peleando una herencia. Es una figura pública, dirigente partidista, con acceso, relaciones e influencia dentro del gobierno del estado.
Por eso cualquier actuación extraordinariamente veloz de las autoridades, cualquier operativo desproporcionado y cualquier nueva carpeta vinculada con esa disputa merecen revisarse con lupa. La detención de Estela Romero Bringas —de 85 años, con oxígeno permanente y en silla de ruedas— y el proceso contra una mujer de 92 años por el mismo patrimonio, ya generaron marchas de trabajadores de SRS y cuestionamientos públicos sobre la proporcionalidad de la Fiscalía.
La justicia no puede convertirse en una extensión de los pleitos personales de quien ocupa un cargo público. Mucho menos cuando del otro lado hay mujeres de edad avanzada, familiares y fedatarios sometidos a acciones cuya velocidad y severidad ya levantan cuestionamientos.
Olga tiene derecho a litigar.
Lo que no tiene derecho es a que su peso político sustituya a las pruebas.
En el mundo real, las herencias se resuelven en los juzgados, con sucesiones y sentencias firmes.
En el mundo alterno de Mónica Caballero, primero se recibe como Caballero, después se renuncia al apellido, y finalmente se reaparece como Romero para cobrar otra historia familiar.
La identidad cambia.
El interés por la herencia permanece.
Ese es el verdadero problema:
No saber quién es quién, sino descubrir para qué sirve cada nombre.
Y en esa cuenta, como en todo lo que aquí se revisa despacio, conviene llegar hasta diez antes de decidir de qué lado está la razón.