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Sin embargo este último fenómeno, reducido a ganar la narrativa pública con ideas desde los medios masivos de comunicación, ya pasó; su momento fue al inicio del sexenio de Obrador, cuando todavía les asistía el beneficio de la duda como incipiente grupo que llegaba al poder. Por ello intentar ahora una domesticación del debate, en el año número ocho de la 4T (considerando que cada ciclo es acumulativo en aspectos positivos y negativos), no encuentra un campo propicio para vencer en esa cruzada con tintes de censura estatal.
La iniciativa de controlar la difusión de contenidos bajo la figura jurídica del “derecho de las audiencias”, misma que se puso en circulación el martes al incluirse dentro de la agenda oficial de la Presidencia desde “La Mañanera”, no puede ser bien vista ni mucho menos recibida en una sociedad diversa y plural como la mexicana (que lo es, simplemente, por su vasto y distinto territorio geográfico), mientras aspire a ser democrática, pues se contrapone a la libertad de expresión.
Como en muchas cuestiones sociales, la decisión más importante es quién toma la decisión. Si el Gobierno de la República es el instigador, como es el caso, al proponerlo revela indirectamente un motivo sine qua non, es decir, sin el cual ya no pueden preservar el bastón de mando.
No bastó cooptar el Poder Judicial con alfiles a modo como jueces vía la elección de 2025. Ni extinguir los órganos autónomos del Estado mexicano, ni obtener una mayoría sobrerrepresentada vía tribunales en el Poder Legislativo en 2024. Ya no le alcanza con controlar el discurso de lunes a viernes, ni en las redes sociales vía el aparato de propaganda y desinformación. Necesitan algo más.
Así que ahora les nació un repentino interés por diferenciar las opiniones de las noticias dentro de la programación habitual de los medios de comunicación, en lugar de ocuparse, por ejemplo, del sistema de salud.
Están preocupadísimos en imponer obligaciones por no diferenciar expresamente publicidad y contenido (con sanciones y multas a través de la Comisión Reguladora de Telecomunicaciones en un plazo exprés de 20 días), pero no por la seguridad ni la economía nacional.
Si bien de aprobarse dichos “Lineamientos Generales para la Protección de los Derechos de las Audiencias”, serían aplicables estos para radio y televisión inicialmente, se deslizó la posibilidad de expandir su alcance hacia la prensa y plataformas digitales también.
Así el peligro es inminente, ya que alguien afín al régimen, investido como “defensor de las audiencias”, podría determinar, de acuerdo con su juicio subjetivo, ideológico, sesgado y parcial, que un medio de comunicación en particular no está entregando información “veraz y oportuna”, sino “falsa” o “descontextualizada” las veces que sea necesario, y emprender campañas de desprestigio primero y acoso legal después, hasta forzar un cambio en la línea editorial o una eventual quiebra.
Es, en los hechos, “el regreso a la jaula” que describió Roger Bartra en su libro homónimo, publicado la víspera de las elecciones federales de 2021, a propósito del retroceso que ya significaba entonces López Obrador.
La ironía: “Prohibido prohibir”, decía el líder de quienes hoy, desde el poder, aspiran a prohibir.
Cortita y al pie
En “La batalla cultural” (2022), por su parte, el argentino Agustín Laje afirma: “Un medio masivo no dicta leyes, sino ideas, palabras, informaciones, guías de conducta, modelos a imitar, estereotipos a rechazar, esquemas morales, estéticas determinadas. En efecto, los medios masivos no prohíben ni permiten: producen y difunden, pero no automóviles ni electrodomésticos, como lo haría el poder económico, sino cultura en forma de mensajes masificados que procuran, en virtud de la lógica inherente a la comunicación de masas, alcanzar el mayor número de personas”.
Su pretendida regulación, por tanto, equivale a poner puertas al campo. O lo que es lo mismo: límites y restricciones a algo que no se puede controlar.
La última y nos vamos
Por lo demás, la historia es cíclica y lo demuestra: cuando los gobiernos se apartan de sus funciones para las cuales fueron electos, y empiezan a sumar atribuciones como decidir cuál información es aceptable y cuál no, su caída es inminente.
O como proclamaba Henry David Thoreau hace casi 200 años: “el mejor Gobierno es el que gobierna menos”.
Fuente: Zócalo de Saltillo.
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