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Silencio cómplice
Noticia publicada a
las 01:39 am 31/07/26
Por: América Rangel.
El pasado 19 de julio, el dictador de izquierda, Daniel Ortega, declaró públicamente que en Nicaragua no volverán a tener elecciones. Varios países condenaron estas palabras, salvo uno: México.
Hay silencios que pesan más que mil discursos.
Para sorpresa de todos, nuestro país hizo lo opuesto y el embajador de México en Nicaragua, Guillermo Zamora (nombrado por AMLO, obvio), le escribió una carta a Daniel Ortega celebrando los 47 años de la revolución sandinista. Le mandó “cariño y admiración”, así como un “fraterno y cálido abrazo”.
La historia de Nicaragua nos debe servir como advertencia para toda América Latina. En 1979, el Frente Sandinista, un movimiento de izquierda, derrocó a Anastasio Somoza prometiendo justicia, libertad y democracia. Millones de latinoamericanos celebraron aquella revolución creyendo que significaba un futuro prometedor para el país centroamericano.
Pero 47 años después, el resultado es exactamente el contrario. Como pasa con prácticamente todos los líderes de la izquierda populista, Ortega se convirtió en un dictador. Desde 2017 comparte el poder con su esposa, Rosario Murillo, quien en 2025 asumió formalmente el cargo de copresidenta.
La oposición ha sido perseguida, encarcelada o desterrada. Los medios independientes han sido silenciados. Obispos y sacerdotes han sido encarcelados y desterrados. Y ahora, incluso la posibilidad de celebrar elecciones ha quedado descartada por decreto del propio mandatario.
Es la misma historia de todos los países tocados por el socialismo del siglo XXI, cuya vocación no es repartir el poder, sino concentrarlo. Las revoluciones que prometían liberar al pueblo terminaron construyendo regímenes donde el pueblo ya ni siquiera puede elegir.
En lo que corresponde a México, lo verdaderamente preocupante es la reacción del gobierno mexicano. O, mejor dicho, su silencio.
Porque en Morena nunca han tenido problemas para opinar sobre asuntos internos de otros países, siempre que el gobernante cuestionado sea de derecha. Pero cuando se trata de gobiernos ideológicamente afines, mágicamente se convierten en férreos defensores del principio de no intervención.
Con Cuba, el silencio es histórico. Con Venezuela, el discurso oficial ha sido de acompañamiento antes que de cuestionamiento. Con Nicaragua, ahora, el silencio se combina con un gesto todavía más grave, como lo fue la felicitación diplomática.
Ese doble rasero es imposible de ignorar. Los derechos humanos no deberían depender del color del gobierno que los viola. La política exterior mexicana tuvo durante décadas un prestigio internacional construido sobre la idea de actuar con principios, no con simpatías. Esa diferencia importa y hoy parece haberse borrado.
Porque las dictaduras no se sostienen solo con censura y cárceles. También necesitan gobiernos amigos que las normalicen, que les manden cartas de “cariño y admiración” mientras cierran la última puerta que les quedaba a sus ciudadanos.
Esto no es un error de protocolo. Es una postura. Y cuando un régimen elimina las elecciones y tú le mandas un abrazo, ya no eres neutral. Eres cómplice.
Por América Rangel