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regular inteligencia artificial, redes sociales y celulares en las escuelas.
La regulación entró acompañada de otro asunto que nos incomoda porque lo tenemos en la mano, en la cama, en el baño, en la mesa y, si nos descuidamos, hasta en la oración en el templo: el tiempo de pantalla. El gobierno quiere abrir foros, convocar especialistas, escuchar a padres, maestros, universidades, organismos internacionales y luego llevar una propuesta al Congreso.
Y, en principio, no está mal. No con el grito cavernario de «apaguen todo y regresen al gis», pero tampoco con la candidez de creer que un niño de ocho años con celular, red social, algoritmo, videojuegos, videos infinitos y un asistente de inteligencia artificial en la bolsa está simplemente aprendiendo con nuevas herramientas.
Más del 70 por ciento de la población de seis años o más usa internet; entre adolescentes, la cifra ronda el 90 por ciento. Las personas mayores de 16 años pasan, en promedio, más de siete horas diarias conectadas. Siete horas. Una jornada laboral. Una vida alterna. Y de ese universo, casi todos usan internet para comunicarse y entrar a redes sociales. Además, una de cada once personas la usa como soporte, guía o consulta emocional. No sólo le preguntamos a la máquina cómo hacer una tarea, sino cómo llorar, perdonar y no sentirnos tan solos.
Por eso el tema importa. Porque las pantallas no son pizarrones luminosos. Son sistemas diseñados para retenernos. No nos gustan mucho; nos atrapan. No se nos va el tiempo en ellas; nos lo ordeñan. El dedo baja y baja, como si estuviera buscando agua en un pozo sin fondo, y del otro lado no hay un maestro, ni un bibliotecario, ni un amigo preocupado. Hay un algoritmo con hambre.
La iniciativa plantea debatir el uso de celulares en escuelas de educación básica. Ya hay 16 estados con restricciones o prohibiciones. En el mundo hay más de cien sistemas educativos que ya han regulado el uso de tecnologías; algunos dejan que cada escuela decida, otros sacan el celular del aula, y otros lo expulsan por completo de la vida escolar, de campana a campana.
Cuidar sueño, atención, salud mental, convivencia, aprendizaje. Todo eso está bien. El problema es que en este gobierno uno ya aprendió a revisar la envoltura y luego oler el contenido. Muchas cosas entran como protección y salen como control. Entran como cuidado de la infancia y terminan como herramienta para administrar discursos, plataformas, contenidos, datos, permisos, censuras suaves o reglamentos escritos con ojo político.
Regular la inteligencia artificial es necesario. Regular plataformas también. Pero hacerlo mal puede ser peor que no hacerlo. Y no regular nada puede ser peor que hacerlo tarde. Estamos frente a tecnologías tan nuevas, tan veloces y tan metidas en la vida diaria, que nadie puede presumir una receta perfecta.
Reino Unido propuso que adolescentes de 16-17 años tengan un toque de queda digital en redes sociales de medianoche a seis de la mañana; más jóvenes ni podrían tener. Australia fue más lejos con restricciones para menores, pero las plataformas tropiezan desde el primer escalón: verificar la edad. Y si no se puede saber con certeza quién tiene 13, 15 o 18 años sin invadir todavía más la privacidad, la regulación se vuelve una puerta giratoria: para proteger al niño del algoritmo, hay que entregarle todavía más datos del niño.
Por eso el debate mexicano no puede quedarse en «celular sí o no». Tampoco en «IA buena o mala». La escuela debe seguir siendo una experiencia humana. Eso no es nostalgia; es sentido común. Un niño no aprende sólo porque recibe información. Aprende porque alguien lo mira, lo corrige, lo acompaña, lo reta, lo consuela, lo pone a convivir con otros seres humanos igual de torpes, brillantes, distraídos y vivos. La tecnología puede ayudar. Muchísimo. Puede personalizar ejercicios, abrir bibliotecas, traducir mundos, detectar rezagos, acompañar aprendizajes. Pero no puede sustituir el vínculo.
México llega tarde, pero llega. Abrir foros puede servir si no son teatro. Escuchar especialistas puede servir si no se eligen sólo los que ya traen la conclusión doblada en la bolsa. Incluir familias y escuelas puede servir si se acepta que el problema no se arregla quitando celulares mientras en casa el niño sigue cenando con YouTube como padrastro luminoso.
Apenas estamos descubriendo que el celular no era un juguete, la red social no era una plaza pública, y la inteligencia artificial no era una enciclopedia con buenos modales. Era otra cosa. Una cosa poderosa, adictiva, útil, peligrosa, fascinante y demasiado rentable como para dejarla en manos de empresas; demasiado delicada para entregársela sin vigilancia al gobierno; una cosa que, ¿mejor se la dejamos a las infancias?
Fuente: Intolerancia.
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