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La precariedad laboral, raíz de la desigualdad
Noticia publicada a
las 02:15 am 14/07/26
Por: Rolando Cordera Campos.
En México, hace ya varias décadas que la creación de empleos dejó de ser tema central de la política y de la política económica. A raíz de la crisis de la deuda y las dramáticas mudanzas institucionales que le siguieron, la creación de empleo formal dejó de ser prioridad más o menos explícita de los gobiernos.
De lo que se trataba, nos decía el discurso oficial, era de inscribir al país y a su economía en un mercado global que desde los años 70 anunciaba la llegada de una nueva era: la del capitalismo como única y dominante forma o modo de producción. Insertarnos en este magno proceso traería una enorme “normalización” de nuestro vapuleado sistema económico y, con ello, la recuperación del crecimiento perdido por tanto y malogrado ajuste y el consecuente retorno de la sociedad mexicana a una formación donde predominara el empleo formal y, por ende, seguro y generoso.
De esta manera, la creación del empleo formal dejó de ser prioridad expresa de los mandos y sus cúpulas. Al no traer consigo al más que presumido milagro económico de la globalidad, una población creciente y en edad y con necesidad de trabajar descubrió y trató de convertir en mina a lo que hemos dado en llamar el empleo informal, que irremediablemente tiende a volverse empleo precario en el que predomina el mal ingreso y el peor de los regímenes laborales imaginables.
Ésta, nos lo dice la experiencia y no pocos libros de texto, puede ser entendida como una distorsión que se pensó temporal, pero que a más de 40 años de iniciada esta “gran transformación” a la Polanyi, se ha convertido en modo de vida. Como si fuera malhadada pesadilla, la multiplicación de panes y empleos derivó en una despampanante precarización de la vida laboral y, por ahí, de la vida común y más que corriente de millones de mexicanos trabajadores, habitantes de las urbes y apenas consolados por la euforia del balón y sus festividades.
La persistencia de esta circunstancia no debería mantenerse en el nefasto armario donde los que mandan almacenan su poca imaginativa disposición a negar la realidad y festejar destellos de un cambio que no se ha dado, mucho menos como anuncio de la magna transformación que inspira voluntades y ensueños de quienes dicen gobernarnos. Esta visión preapocalíptica debería ser vista y entendida como una portentosa amenaza y un desafío que no amaina por los anuncios festivos del gobierno y sus aliados empresariales.
La indiferencia o el soslayo son malos, pésimos consejeros y su reproducción ampliada tendría que ser vista y entendida como una amenaza real y permanente al orden cívico. La precariedad laboral es una nefasta fuente de desigualdad y pobreza, de malestar político y encono social. También es un desperdicio irracional de recursos humanos y una permanente merma del potencial productivo de la sociedad mexicana.
Como ha postulado el colega José Casar, “(esta…) expresión del semiestancamiento en que nos encontramos se traduce en que la población mexicana no encuentra opciones de empleo productivo (…) El expediente de redistribuir el ingreso disponible mediante el crecimiento de los salarios, sin duda bienvenido dada la extrema desigualdad de la distribución del ingreso y la riqueza, enfrenta límites evidentes si el producto por habitante permanece estancado.
“La falta ya secular de crecimiento de la economía, en un contexto de constante crecimiento de la población en edad de trabajar, se traduce en un mercado de trabajo con un exceso estructural de oferta. Prueba de ello es que más de la mitad de las personas ocupadas en la economía trabajan en condiciones de informalidad laboral y eso a pesar de los millones que han debido emigrar en busca de las opciones que el país simplemente no genera” (José Casar, “Renunciar al futuro”, La Crónica de Hoy, 1/7/26).
El empleo debe recuperar su centralidad, no seguir siendo algo residual ni marginal. Se requiere reformular la política económica, buscar un nuevo curso en el que la creación de empleo tenga lugar central como palanca privilegiada de una vida laboral promisoria y fuente de aliento y oportunidades para estos mexicanos sometidos al olvido.
Bien haríamos en corregir la mirada y advertir que la informalidad y la precariedad laboral no son, no deberían serlo, accesibles válvulas de escape ante la falta de empleos formales. Mucho menos fuente de resignación que se vuelve desaliento y reclamo airado.