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No basta con conocer las leyes y los procedimientos
Noticia publicada a
las 02:44 am 13/07/26
Por: Celia Maya García.
Ser abogado no es solamente una ocupación técnica ni una actividad profesional regulada por normas específicas; es una función social de enorme trascendencia.
Este 12 de julio, Día de la Abogacía, nos convoca a reflexionar sobre el sentido profundo de una profesión que, desde sus orígenes,
ha sido piedra angular en la edificación de nuestras instituciones públicas, la vigencia del Estado de derecho y la salvaguarda de los derechos humanos en el México contemporáneo.
Ser abogado no es solamente una ocupación técnica ni una actividad profesional regulada por normas específicas; es una función social de enorme trascendencia en la vida democrática. A lo largo de la historia, quienes ejercen el Derecho han actuado como agentes de cambio, al sostener la legalidad en momentos de inestabilidad y, en etapas de paz, han impulsado las transformaciones necesarias para dar respuesta a las nuevas demandas sociales.
Esta profesión implica integrarse a una tradición histórica y noble, intrínsecamente vinculada a la defensa de las libertades, la consolidación de las instituciones y, de manera fundamental, a la lucha permanente por la justicia.
Desde mis años de estudiante comprendí que el Derecho no era solamente un conjunto de normas, sino una herramienta para ordenar la vida pública, establecer límites claros al ejercicio del poder y, fundamentalmente, salvaguardar la dignidad humana, priorizando siempre la protección de quienes se encuentran en situación de vulnerabilidad. Más tarde confirmé, en la práctica judicial, que ejercer la abogacía implica asumir una responsabilidad ineludible, pues no hay función jurídica digna donde se pierda de vista el sentido humano de la justicia.
En México, juristas como Ignacio L. Vallarta dejaron una huella perdurable al consolidar la técnica del juicio de amparo y al afirmar, desde el pensamiento constitucional, que la ley debía ser instrumento de protección frente al abuso. Esa herencia sigue viva.
Hoy, el ejercicio de la abogacía exige ir más allá del conocimiento normativo o el dominio procedimental; es indispensable contar con sensibilidad social, un compromiso inquebrantable con la ética y la justicia, y la plena consciencia de que detrás de cada expediente subyacen vidas, conflictos y esperanzas concretas.
El compromiso con los valores superiores del ordenamiento jurídico no debe quedarse en la defensa de su mero discurso, sino que debe traducirse en hechos y acciones que aseguren su efectividad.
En un país que aspira a una justicia más cercana al pueblo, las y los abogados no pueden ser indiferentes. Su tarea no termina en el litigio ni en la asesoría; se prolonga en la defensa de la legalidad, en la dignificación de su oficio y en la construcción cotidiana de una República donde la ley sea herramienta de equidad y no de privilegio.
Desde el Tribunal de Disciplina Judicial advertimos con claridad que el fortalecimiento del sistema judicial no depende solamente de la actuación de las personas juzgadoras; es la abogacía quien cumple una función indispensable en la consolidación de una nueva cultura jurídica, fundada en el respeto al Estado de Derecho, en la honestidad profesional y en la exigencia de que la justicia sea real, accesible y digna.
POR CELIA MAYA GARCÍA
Magistrada presidenta del Tribunal de Disciplina Judicial
@CELIAMAYAGAR