Claudia Guerrero Martinez
"ENTRE LO
UTOPICO Y LO VERDADERO"
Gilberto Nieto Aguilar
"LIBERTAD
Y EDUCACION"
Martin Quitano Martinez
"ENTRE
COLUMNAS"
Evaristo Morales Huertas
"VERACRUZ
EN LA MIRA"
Luis Hernandez Montalvo
"MAESTRO
Y ARTICULISTA"
Cesar Musalem Jop
"DESDE
LAS GALIAS"
Angeles Trigos
"AIDOS
Q DIKE"
La mujer es lo mas bello de la vida, cuidemos de ellas...
Lo que la fiebre futbolera nos dice sobre la salud mental
Noticia publicada a
las 01:18 am 28/06/26
Por: Daniel Esquenazi Beraha.
Cuando el gol entra y soltamos ese grito, estamos haciendo algo que la vida cotidiana difícilmente nos autoriza: descargar tensión acumulada de forma física, ruidosa y compartida.
Hay algo que el futbol logra, mucho más que otros acontecimientos: nos pone a todos en el mismo momento. Este mes, con el Mundial 2026 en pleno desarrollo en varias ciudades de México,
Estados Unidos y Canadá, he observado algo que va más allá del marcador: personas que no se conocen, celebrando juntas en la calle; familias alejadas sentarse frente a la misma pantalla; gente llorar por un gol. Y me pregunto: ¿qué nos está diciendo eso sobre lo que necesitamos?
La respuesta tiene mucho que ver con la salud mental colectiva, un concepto del que aún no se habla mucho en México. Hablo de esa dimensión compartida del estado emocional de una comunidad: cómo nos sentimos juntos, cómo procesamos la tensión juntos, cómo celebramos y cómo nos caemos juntos también. El Mundial, con toda su intensidad, es uno de los pocos experimentos sociales masivos donde eso ocurre de forma espontánea y visible.
Pero me quedo, sobre todo, con lo otro. Me quedo con la evidencia de que la conexión social es una necesidad de salud, no un lujo ni un sentimentalismo. Me quedo con que cuando las ciudades diseñan espacios para el encuentro -plazas, pantallas públicas, zonas de convivencia que no están pensadas para el consumo sino para estar- la gente los usa. Cuando el Mundial termina, la comunidad no tiene por qué terminar con él.
Si algo nos puede dejar este momento es una pregunta que vale la pena hacerse en serio: ¿cómo construimos, fuera del estadio y fuera de los días de partido, los espacios y las condiciones para que esa conexión ocurra con más frecuencia? ¿Cómo mantenemos lo que vivimos estos días más allá de la magia futbolera?
Lo interesante no es que eso ocurra -es inevitable-, sino lo que hacemos con ello. Cuando el gol entra y soltamos ese grito, estamos haciendo algo que la vida cotidiana difícilmente nos autoriza: descargar tensión acumulada de forma física, ruidosa y compartida. Los estudios en psicología del deporte señalan que esa liberación tiene efectos mesurables sobre el estado de ánimo, el cortisol y la sensación de bienestar que persiste horas después del partido. No estamos hablando de felicidad superficial. Estamos hablando de regulación emocional real, la que ocurre cuando el cuerpo finalmente puede soltar lo que cargaba.
El futbol tiene una capacidad que la arquitectura urbana lleva décadas intentando reproducir sin lograrlo del todo: crear sentido de pertenencia en personas que no se conocen. Cuando alguien grita en una barra, en una plaza o en el transporte público y otro responde con el mismo grito, se produce algo que los psicólogos sociales llaman sincronía emocional. Es breve, sí. Pero es real. Y en una ciudad como la nuestra, donde el aislamiento urbano y la fragmentación social son problemas serios, esos momentos no son triviales.
Lo que llama mi atención y que creo que vale la pena sostener más allá del torneo, es que esa capacidad de conexión ya estaba en nosotros. La Copa del Mundo no la crea: la activa. Y si puede activarse con noventa minutos de fútbol, significa que existe la infraestructura emocional para algo más. La pregunta es por qué necesitamos un evento de esta magnitud para permitirnos sentirla.
Sin embargo, sabemos que la euforia colectiva también tiene sus sombras: la frustración que se convierte en agresividad, el estrés que se acumula partido tras partido, el insomnio por los horarios, la ansiedad que aparece cuando el equipo pierde y de pronto todo se siente como una derrota personal. Eso también es real y también habla de algo: de cuánto depositamos en los símbolos colectivos cuando los espacios genuinos de comunidad escasean.