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sin importar la índole de los medios, son capaces de todo por obtener su fin: los políticos a lo largo de la historia son una prueba de ello. Y en México y en muchísimos lugares del orbe, abundan los que están dispuestos a salir de problemas o facilitarse la vida echando mano del soborno. Los escrúpulos, la honorabilidad, la autenticidad inclusive, no son características universales en la humanidad. En todos estos casos lo que parece importar a las personas es exclusivamente el resultado.
Estamos tan acostumbrados a valorar los resultados que no suele prestarse atención a los mecanismos con los que se llega a ellos. Así, hay estudiantes que hacen trampa en los exámenes, pues solo les importa la calificación; otros más compran títulos, licencias de manejo o artículos pirata: pueden ser medicamentos, programas para computadora, música, películas… prácticamente, lo que sea. Hay una generalizada actitud cuyo común denominador es valorar exclusivamente el resultado sin considerar los medios.
Hoy hemos llegado a un punto en el que, como nunca antes, se ha eclipsado el sentido de la autenticidad; palabra que en su etimología se conecta con autor y autoría, o sea, con el creador verdadero de algo original. Hoy parece no importar quién o qué son quienes producen una obra. ¿Por qué habría de importar si el producto satisface plenamente una necesidad o resuelve de maravilla una dificultad? La autenticidad y, en consecuencia, el autor no son reconocidos como valiosos.
Otro valor, en cambio, se ha encumbrado en nuestra época: ahorrar tiempo, una verdadera epidemia de prisa se ha apoderado del mundo. A todos nos parece mejor si tarda poco, y mientras menos se demore parece crecer en nuestra estima. En consecuencia: hay comida instantánea, apps o aplicaciones que ganan el mercado por ser más veloces, y hasta asuntos relacionados con la sexualidad, que solían tomarse su tiempo, hoy se resuelven en el acto.
En un mundo del que destaco solo dos de sus características: el olvido de la autenticidad y la fascinación por la prisa, apareció (y su uso se ha generalizado con una velocidad extraordinaria) un invento tecnológico: la IA. Una maravilla que en segundos nos ahorra el tiempo de búsqueda y hasta elabora por nosotros prácticamente todo: desde inventarios, notas periodísticas, resúmenes de libros, diagnósticos médicos, películas, pinturas, novelas, hasta un ensayo filosófico sobre "la hipnocracia" que engañó a los expertos, haciendo que el ensayo fuera citado en congresos de filosofía.
La calidad de los productos que la IA nos brinda depende, por supuesto, de su costo y, como se trata de un artilugio que cada día va mejorando, no estamos lejos —si no es que ya llegamos— del momento en que resulte imposible distinguir los productos de la IA de los que hace una persona con gran esfuerzo, tiempo, experiencia y muchos conocimientos. Ya hoy, prácticamente, un texto generado con IA es indistinguible de uno creado por una persona bien calificada. Es más, hasta los mismos médicos consultan a la IA para corregir u ofrecer sus diagnósticos.
Sabemos ciertamente que la IA no piensa ni tiene intenciones y, en consecuencia, que es absurdo el temor de que se apodere de nosotros, como se ha visto en muchos filmes distópicos. Sin embargo, eso no quita los problemas que ya está ocasionando en el campo de la educación, por citar un ejemplo, ni el perjuicio que causa a miles de personas que pierden su empleo (como ya he comentado en otras columnas). Y también sabemos que la IA en sí misma no es culpable de nada, pues, como cualquier herramienta, es inocua, y que todo depende del modo como sea usada.
El modo como puede ser usada es la razón por la que me he referido a esas dos características que se presentan en nuestra época: el olvido de la autenticidad y la apreciación desmedida por lo expedito. Las he traído a cuento para que imaginemos, en nuestra circunstancia real, el modo en que la IA es y será usada. Para ilustrarlo me referiré tan solo a un par de casos: la IA y los empleadores, y la IA y los creadores.
¿Cómo será usada por los empleadores? Sabemos que cualquier trabajo que consista en una serie fija de pasos, hoy puede abaratarse al sustituir a un amplio grupo de trabajadores por un sistema informático regulado por un algoritmo. Esto ya se ve en los supermercados donde las cajas de autopago han comenzado a desplazar a quienes trabajaban como cajeros, o en las ensambladoras de automóviles donde ya casi no hay personas que suelden, atornillen o pinten… y los casos son incontables.
Sobra decir que la expansión de la IA terminará siendo casi total, pues al no importar la autenticidad y al querer salir del paso rápido, no habrá ningún freno. Por lo que no hace falta ser adivino para ver el tsunami de desempleo que se avecina.
Veamos ahora a los autores comunes y corrientes: nosotros; no me refiero a los artistas o a los científicos, que merecen un capítulo aparte. ¿Qué pasa con quienes para redactar una solicitud, un informe u organizar su agenda?, o en pocas palabras ¿qué pasa con quienes, en centenar de tareas, se valen de la IA para ahorrarse esfuerzos? Pues que muy pronto serán incapaces de hacer por sí mismos esas tareas que hoy delegan, tal y como se ha visto con el uso de las calculadoras: hoy casi nadie es capaz de hacer una simple suma por sí mismo.
Pasemos a los Autores con mayúscula, artistas y científicos que se auxilian con la IA. Sus obras parecen mejorar. Pero, ¿no será que ellos mismos están cavando su propia tumba? Pongamos por ejemplo a un narrador que trabaje con IA: esta no solo le corrige la ortografía o la sintaxis, sino que redacta por él, genera imágenes, ofrece tramas y, si lo desea, cuentos o una novela completa y, por supuesto, con el estilo o combinación de estilos que se quiera, incluso con el tono que se elija, puede ser un texto irónico. Pero, como también el editor usa la IA, puede ahorrarse al autor; pedirle, como ya de hecho ocurrió con el libro de filosofía mencionado, que genere una obra; pero como, a su vez, el distribuidor, puede pedirle la obra a la IA, también se elimina de la cadena al editor y, todavía es posible un último paso: que sea el consumidor quien, ahorrándose al distribuidor, al editor y al autor, le ordene a la IA la novela que quiere leer.
¿Y qué ocurre con los científicos? Formulan una hipótesis o tienen una idea y pueden pedir a la IA que genere escenarios para ver los resultados y, por supuesto, que sea ella la que realice los cálculos… para descubrir así, si la hipótesis es o no correcta y ahorrarse todo el tiempo que le llevaría desecharla o validarla. La pregunta es ¿si la IA no es capaz o no será capaz de generar sus propias hipótesis y, entonces, solo hará falta presentarle el problema, o mejor, que tal si la propia IA detecta el problema y ofrece la solución y nos quitamos también del trabajo de descubrir problemas…
Como vemos, al tomar en cuenta tan solo dos de los rasgos que caracterizan a nuestro mundo pragmático: la nula importancia que se da al autor al centrarse la gente solo en el resultado, y la afición por la rapidez, creo que el panorama descrito es si no inminente, sí como para tomarlo en serio.
No dudo que existan muchas personas a las que más que ver en ese panorama una distopía, vean una utopía: nada menos que la panacea para que todo lo resuelva otro: la IA.
Por ello, considero que hace falta pensar a fondo qué pasa con el trabajo, con ese esfuerzo que uno se toma para lograr algo. Para todos es claro que el trabajo es un medio para ganarse la vida y haciéndolo se consiguen unos resultados que benefician a otros: se me ocurre lo mismo un carpintero que fabrica una silla o un médico que aplica lo que sabe para curar a un enfermo: la silla o la curación del enfermo son los resultados y, en ambos casos, uno y otro obtienen ingresos para vivir. No sé si el carpintero tenga una vocación por la carpintería o el médico una vocación por la medicina; pero si solo lo hacen por los ingresos, parecería magnífico ahorrarse ese trabajo. Supongamos que ninguno tiene un verdadero gusto por lo que hace y solo lo lleva a cabo para tener con qué vivir. ¿Ahí se agota la esencia del trabajo?
Lamentablemente, muchos piensan que el trabajo es solo un medio para tener con qué vivir. Sin embargo, veamos más profundamente el trabajo: es una actividad que nos ocupa, que hace que el tiempo adquiera tensión y sentido, nos da también la experiencia de sentirnos útiles, capaces, productivos: hace que nos sintamos vivos; hasta en los casos en los que sentirse vivo sea muy desagradable. Solo imagínese a un minero que con un pico cava en el fondo de una mina o quienes limpian los ductos del drenaje. Si el trabajo permite que nos sintamos útiles, productivos, vivos… entonces es, nada menos, el antídoto contra el sinsentido, contra el absurdo de la existencia en el que caen los desempleados o quienes no hacen nada. Hay un aburrimiento mortal cuando la inactividad se prolonga, un tedio que todos, supongo, hemos vivido.
Pero, ¿qué más contiene el trabajo, más allá de darnos dinero, tensionar el tiempo y la sensación de estar vivos? O dicho de otra manera: ¿cuál es el verdadero meollo del trabajo? La respuesta nos la regaló Cervantes: "El hombre es hijo de sus propios actos", y también nos la ofrece Hegel, aunque como filósofo en una terminología tremendamente abstrusa: "La praxis es el factor ontogenético", dice. Al hacer no solo producimos cosas, nos generamos a nosotros mismos. El trabajo produce no solo objetos, sino a nosotros como sujetos. Es la acción la que nos vuelve seres humanos: nuestro ser se hace haciendo: somos lo que hacemos. Esto es, a mi juicio, la verdadera importancia del trabajo, de lo que hacemos por nosotros mismos, o sea hacernos a nosotros mismos.
Son varios los peligros que conlleva la IA: Sí, es terrible la pérdida de empleos. Es terrible también caer en el sinsentido y en la indolencia en que nos deja la desocupación; pero es doblemente terrible, dejar de ser lo que somos. Lo que hoy está en juego es el ser del ser humano.
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Fuente: Sin Embargo.
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