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Noventa minutos de tregua
Noticia publicada a
las 02:59 am 14/06/26
Por: José Luis Parra.
Hay poderes que se ejercen con discursos. Otros con decretos. Y algunos, los más eficaces, con un simple silbatazo inicial.
Durante semanas el país pareció atrapado en una discusión interminable. Bloqueos, plantones, reclamos, amenazas de boicot, negociaciones estériles y una CNTE convencida de que el Mundial sería el escenario perfecto para doblar al Gobierno.
La apuesta parecía lógica. Millones de ojos observando a México. La oportunidad ideal para convertir una demanda sindical en noticia planetaria.
Pero ocurrió algo que ni los estrategas políticos ni los dirigentes magisteriales calcularon correctamente.
Llegó el futbol.
Y el futbol arrasó.
Por noventa minutos el país suspendió sus pleitos. Los insultos quedaron en pausa. Las redes sociales dejaron de funcionar como trincheras ideológicas. Los expertos en todo guardaron silencio. La nación entera se concentró en algo tan simple como ver rodar una pelota.
Fue una demostración brutal del verdadero poder del Estado cuando decide utilizarlo.
Porque no nos engañemos. La inauguración del Mundial fue mucho más que un partido. Fue una operación política, social y emocional de dimensiones gigantescas. El mensaje fue claro: el espectáculo podía más que el conflicto.
Mientras miles de maestros intentaban acercarse al Estadio Azteca para mantener viva la presión, una inmensa mayoría simplemente decidió mirar hacia otro lado. No por desprecio a sus demandas. Tampoco por ignorancia. Simplemente porque el futbol opera bajo reglas distintas.
La afición es una criatura extraña. No entiende de reformas al ISSSTE, ni de negociaciones presupuestales, ni de disputas sindicales. Entiende de goles, derrotas, camisetas y emociones colectivas.
Y esta vez eligió el balón.
Resultó hasta simbólica la imagen. De un lado, la protesta. Del otro, la fiesta. Entre ambos, un muro policial dejando claro qué prioridad tenía el Estado mexicano en ese momento.
La CNTE descubrió una verdad incómoda: competir contra un Mundial es como intentar apagar un incendio con una pistola de agua.
Lo saben ellos. Lo sabe el Gobierno. Lo sabe todo el sistema político.
Por eso las negociaciones difícilmente tendrán la misma fuerza a partir de ahora. El reloj juega en contra de los inconformes. Cada partido será una nueva distracción nacional. Cada victoria una dosis adicional de anestesia colectiva.
Y quizá ahí radica la mayor lección.
México sigue siendo un país profundamente dividido. Las diferencias políticas no desaparecieron. Los reclamos tampoco. Las mentadas regresaron apenas terminó el encuentro inaugural. Los problemas siguen intactos. La violencia sigue ahí. La desigualdad también. Las promesas incumplidas no se evaporaron con el marcador.
Pero durante noventa minutos ocurrió algo excepcional.
La gente prefirió celebrar antes que pelear.
Y en estos tiempos, donde todos parecen empeñados en encontrar motivos para el enojo permanente, quizá eso ya representa una victoria.
Aunque sea temporal.
Aunque dure únicamente lo que dura un partido de futbol.