Claudia Guerrero Martinez
"ENTRE LO
UTOPICO Y LO VERDADERO"
Gilberto Nieto Aguilar
"LIBERTAD
Y EDUCACION"
Martin Quitano Martinez
"ENTRE
COLUMNAS"
Evaristo Morales Huertas
"VERACRUZ
EN LA MIRA"
Luis Hernandez Montalvo
"MAESTRO
Y ARTICULISTA"
Cesar Musalem Jop
"DESDE
LAS GALIAS"
Angeles Trigos
"AIDOS
Q DIKE"
La mujer es lo mas bello de la vida, cuidemos de ellas...
La política del enemigo inventado
Noticia publicada a
las 02:53 am 09/06/26
Por: Verónica Malo Guzmán.
“La peor tentación del poder es convertir la diferencia en amenaza y luego gobernar sobre el miedo que él mismo produjo.” — Judith Shklar
Donald Trump está ofreciendo estos días una lección política que conviene mirar con atención desde cualquier democracia: cómo convertir una victoria electoral en desgaste acelerado.
No se trata de una caída inmediata ni de un desplome espectacular. Es algo más lento y más delicado: el desgaste que empieza cuando un gobierno deja de hablarle al país completo y comienza a hablarle únicamente a su tribu.
La última semana fue un ejemplo de manual. Por un lado, la Casa Blanca fue criticada tras promover una página oficial que compara a migrantes con extraterrestres bajo una narrativa de invasión y amenaza externa. La estética parecía diseñada entre propaganda y ciencia ficción: el extranjero convertido en sospechoso, la diferencia convertida en peligro, el aparato del Estado convertido en amplificador emocional del miedo.
Por otro lado, mientras la tensión internacional con Irán exhibe contradicciones internas y mensajes cambiantes desde Washington, el propio Trump enfrenta señales de desgaste entre sectores que hace apenas meses parecían acompañarlo con entusiasmo. La generación Z —ese electorado impredecible pero cada vez más determinante— empieza a mirar hacia otro lado, y los demócratas ya buscan capitalizar ese desencanto.
La conexión entre ambos episodios no es anecdótica. Cuando un gobierno necesita fabricar enemigos simbólicos para mantener cohesionada a su base, suele ocurrir algo que la teoría política ha explicado bien: la movilización inicial produce entusiasmo, pero la sobreactuación termina produciendo fatiga.
Albert O. Hirschman escribió que los sistemas políticos suelen oscilar entre la movilización emocional y la decepción cívica. El poder eleva expectativas, dramatiza conflictos, promete una transformación casi épica… y luego descubre que administrar y gobernar —sobre todo, hacerlo bien— es menos emocionante que polarizar.
El problema aparece cuando la maquinaria propagandística ya no puede detenerse. Entonces necesita más y más y más intensidad. Más confrontación. Más épica. Más enemigos. Más “otros”.
Y precisamente ahí comienza un desgaste silencioso. Esto es, incluso los gobiernos con respaldo amplio empiezan a pagar costos cuando la ley deja de sentirse como piso común y comienza a percibirse como instrumento selectivo.
Cuando la narrativa oficial traza una línea entre ciudadanos legítimos y ciudadanos incómodos. Cuando disentir deja de verse como pluralidad democrática y empieza a presentarse como resistencia sospechosa.
Al principio eso fortalece al liderazgo. Después, erosiona. No de golpe. No en una sola encuesta. No necesariamente en una elección inmediata. Pero erosiona. La paradoja es conocida: mientras más popular se siente un proyecto político, mayor es la tentación de convertir su mayoría en permiso moral absoluto.
Y en ese punto el poder deja de administrar legitimidad para empezar a consumirla. Trump parece atrapado en ese dilema. Su estilo sigue siendo eficaz para movilizar a los convencidos.
Pero fuera del círculo duro aparecen señales que ningún estratega debería minimizar: desgaste generacional, cuestionamientos por excesos retóricos, críticas al uso institucional de la propaganda y una percepción creciente de que la confrontación permanente puede entusiasmar durante un tiempo… pero agota cuando se vuelve forma cotidiana de gobierno. Todo sistema político enfrenta ese riesgo.
La frontera entre liderazgo fuerte y hegemonía excluyente es mucho más delgada de lo que suele admitir el poder cuando atraviesa su momento de mayor aplauso.
Y casi siempre ocurre lo mismo: quienes creen que pueden clasificar a sus opositores mediante una especie de “discriminación legal”, quienes convierten la narrativa oficial en verdad administrativa y quienes asumen que la popularidad acumulada será políticamente inagotable, suelen descubrir demasiado tarde que la legitimidad también tiene fecha de desgaste.
Y entonces aparece la parte más incómoda del poder: comprender que el entusiasmo puede heredarse por un tiempo. Pero que el desgaste siempre cobra personalmente.
@MALOGUZMANVERO