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Ya, incluso, por las consecuencias que la soledad tiene en la economía y en la salud pública, dos naciones han creado ministerios de la soledad; me refiero al Reino Unido y a Japón. La soledad no es hoy una condición individual y eventual, sino un doloroso fenómeno que está presente, en mayor o menor medida, en nuestro mundo.
Con todo, conviene recordar, que ciertos tipos de soledad han existido siempre y que todos los seres humanos, en alguna ocasión, los hemos padecido: el sentimiento de soledad que provoca la muerte de un ser querido o esa soledad que se experimenta durante el duelo amoroso. Uno, en esas circunstancias, se siente solo, aunque pueda estar rodeado de muchas personas, pues la compañía anémica que los demás nos brindan no es un antídoto contra la falta específica de alguien. También, toda la vida, ha existido la soledad del individuo distinto, de aquel que siente que no encaja en su familia ni con sus compañeros de escuela, de oficina ni del barrio.
Su persistencia a lo largo de toda la historia, y el hecho triste de que todos la conozcamos, revela un rasgo de la condición humana, una característica ontológica: somos seres sociales. Esta verdad la han destacado una buena parte de los filósofos con muy distintas perspectivas: desde Platón, cuando dice que "el ser humano es un ser simbólico", hasta Marx o Heidegger que sostienen que "el hombre es un ser histórico-social" o "un-ser-con-otros-en-el-mundo”. Sin el otro no sólo no podemos vivir, sino que no somos, pues nuestro ser se forma de otros. La metáfora platónica del andrógino escindido lo ilustra muy claramente. En el Banquete, Platón cuenta el mito de que originariamente éramos andróginos: seres con dos sexos, dos cabezas, cuatro brazos y cuatro piernas; seres autosuficientes a los que Zeus castigó partiéndolos por la mitad con el rayo y, por ello, buscamos reintegrarnos, pues nos falta esa mitad que nos constituía. Ser seres sociales, o ser seres con otros, no significa simplemente que necesitemos andar en bola, sino que nuestro ser se forma a través de la relación con los otros.
La soledad que experimentamos cuando se pierde un ser querido o cuando la pareja se ausenta provoca una experiencia de muerte: la falta de ese otro significativo nos hace morir en parte, pues es la muerte de la parte que nos completaba, y eso es precisamente la experiencia de soledad: una parte de nosotros pereció.
¿Qué ocurre, hoy, cuando muchísimas personas ni siquiera es que hayan perdido ese vínculo profundo con el otro, sino que nunca lo han tenido? Es la gran pregunta.
Si el otro es constitutivo, necesario, para que existamos como seres humanos, parece imposible que no se den de forma natural y espontánea las conductas que nos vinculan. ¿Qué ha ocurrido en el mundo para que millones de personas se sientan solas, para que pueda estar hablándose de una epidemia de soledad?
Planteado así, se advierte la complejidad del problema, pues no se trata simplemente de que quienes experimentan soledad sean unos adictos al celular o a las pantallas, aunque, por supuesto, con esa costumbre, se aíslan. Se trata de un problema que no puede explicarse a partir de una sola causa. Veamos más de cerca la vida actual y encontraremos los múltiples factores por los que la gente ya no se relaciona profundamente, o sea, es incapaz de atender a lo que su propia naturaleza le demanda:
Hay mucha gente en todos lados, estamos literalmente amontonados en cualquier lugar (somos más de ocho mil 500 millones de seres humanos); pero en las urbes, que es donde la soledad ha arreciado, todos van de prisa: sólo imagínese el ritmo con el que millones de personas salen a diario a las calles para llegar a sus centros de trabajo; todos corren, unos encerrados en la burbuja de su auto, otros ensardinados en el transporte público y unos más, en bicicletas y motocicletas… todos van frenéticos, y unos a otros se estorban, unos a otros se culpan por llegar tarde. El otro, en este caso, es una muchedumbre en la que no se repara, donde nadie tiene rostro y, por ello, el otro aparece como un mero estorbo.
¿Y por qué quieren llegar a donde sea que vayan? Y aquí se muestra otro de los factores: disminuir costos. Para volver más barato el trabajo se ha reducido el personal. Lo que sea que se haga en las oficinas, en las fábricas o donde sea, tiene que salir a tiempo, y si antes se lograba con 100 trabajadores hoy se realiza con 50 o con 20. El modelo económico del neoliberalismo con su divisa "eficientar" ha creado este infierno. En esta realidad, quienes todavía tienen trabajo están ante la inminencia de un nuevo recorte, sea porque se renueve la tecnología o porque se tiene que sacar al mercado un producto más competitivo, o por la simple y llana voracidad del empleador… El otro, no es un compañero, es un enemigo, un rival que puede quedarse con nuestra fuente de ingresos… y luego no se puede vivir con lo que se gana en un solo empleo; para reunir lo suficiente hacen falta varias chambas. Resultado: la gente regresa a su casa exhausta, y si tiene la fortuna de contar con una familia, con un compañero o unos hijos, no hay manera de que el vínculo con ellos se robustezca o, siquiera, se entable: al volver del trabajo la gente difícilmente convive, se entrega a la evasión que le brinda una pantalla, se aísla, aunque esté junto a otros.
En este contexto, el celular, las redes sociales, la virtualidad ya no se entienden como la causa de la soledad, sino como un sucedáneo para corregir la falta de vínculos reales en la casa, en la calle o donde sea que uno se encuentre. La falsa ilusión de compañía que nos brindan los amigos virtuales surge como un paliativo para sufragar la previa falta de vínculos reales. Y ese remedo de compañía, encima, termina encerrando a las personas en una burbuja informativa, volviéndolas no sólo solitarias, sino que las priva de las capacidades mínimas para entablar una relación.
En fin, las causas de la soledad son múltiples e, incluso, obvias. Hasta la arquitectura hostil que impide que en las calles exista donde sentarse o donde detenerse contribuye a que no se pueda convivir; las urbes son para circular y quien se detiene es atropellado por los demás que fluyen como una manada de rinocerontes.
Construir espacios, parques; tener tiempo para pasarlo con la familia, para hacer cosas juntos, apagar los celulares, recuperar la confianza en los otros… o sea, detener la inercia de la maquinaria social de este tiempo es la solución evidente a la epidemia de soledad; pero, dadas las inercias actuales, aunque estas soluciones suenen sencillas, resultan utópicas, pues se requeriría del acuerdo de todos: sociedad civil, empresarios, gobierno, hombres, mujeres, jóvenes y viejos: todos. Y el que hoy, todos no sólo se pongan de acuerdo, sino que todos pongan de su parte, es el sueño más imposible de cuantos puedan imaginarse… Y, sin embargo, ese es el remedio para la epidemia de soledad que sigue entendiéndose.
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Fuente: Sin Embargo.
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