|
Nombraba a Félix Suloaga, presidente provisional de la República, con la autoridad que ninguna ley le daba, pero que los cañones que rodeaban el palacio sí le daban. Que en México del siglo XIX era la única autoridad que importaba cuando los que tenían los cañones decidían usarlos. Miram tenía 25 años. Era el mejor general que los conservadores habían producido en una generación.
Y cuando terminó de leer el decreto, doblando el papel con el gesto preciso del hombre que sabe que lo que acaba de leer es irrevocable, miró alrededor del salón con los ojos del que ha calculado que todo lo que prometía este momento estará disponible para él en los años siguientes. Lo que no calculó fue lo que le esperaba en el cerro de las campanas 9 años después.
En ese mismo momento, en el estado de Guanajuato, un hombre que había sido arrestado por el propio Comonfort días antes, que había pasado 18 días en prisión escuchando como el gobierno constitucional que representaba se derrumbaba, salió de la celda con la calma específica de los que no necesitan urgencia porque saben exactamente qué tienen que hacer.
Benito Juárez tomó la presidencia que la Constitución la asignaba como titular de la Suprema Corte. No tenía palacio, no tenía ejército, no tenía dinero, tenía la ley y la ley en el largo plazo que los que tienen los cañones raramente calculan, fue suficiente. Esta es la historia de cómo cada uno de los hombres que apuñalaron a Juárez pagó lo que la República les cobró, con la especificidad de los detalles que los libros de texto omiten, porque son incómodos para la versión ordenada de la historia, con los cuerpos y los nombres y las fechas exactas de los finales que
la arrogancia produce cuando choca con la tenacidad. Hay traidores que pagaron en el campo. Hay traidores que pagaron en el exilio. Hay traidores que pagaron en el paredón. Y hay uno que pagó en un trono que se desmoronó debajo de él mientras el mundo miraba y no movía un dedo para sostenerlo. Empecemos por el que apuñaló dos veces.
Félix Suluaga es el nombre que aparece con menos frecuencia en los libros de texto populares sobre la guerra de Reforma y la intervención francesa. Y esa invisibilidad es en sí misma parte de su historia, porque Sulaga fue el hombre que más activamente empujó la traición que produjo el caos que produjo la invasión francesa y que luego desapareció de la historia oficial con la eficiencia de los que han aprendido que sobrevivir requiere hacerse invisible en el momento correcto.
Tuloaga era el jefe del golpe de estado del plan de Tacubaya. Fue él quien usó a Comonfort como herramienta para disolver la Constitución, quien maniobró para que Comonfort le cediera la presidencia cuando el general liberal descubrió que había cometido un error que no podía corregirse y quien estableció el gobierno conservador que Juárez combatiría durante 3 años de guerra civil.
No era un hombre de batalla, era un político del tipo más peligroso, el que opera en las sombras de las instituciones, usando las instituciones como instrumentos de su propia ambición. Había aprendido que en el México del siglo XIX el poder no se ganaba en las elecciones, sino en los cuartelazos, y había perfeccionado la técnica del cuartelazo hasta convertirla en algo parecido al arte.
El problema con ese arte es que solo funciona mientras la correlación de fuerzas favorece a quien lo practica. Y la correlación de fuerzas en México entre 1858 y 1860 cambió de maneras que Suaga no había calculado cuando firmó el plan de Tacubaya. Juárez era exactamente el tipo de adversario que el cuartelazo no puede combatir.
No porque Juárez tuviera más hombres o más cañones que no los tenía, sino porque Juárez no jugaba en el terreno donde su luaga era más fuerte. Juárez no hacía cuartelazos ni negociaba en los salones. Gobernaba desde una diligencia que se movía por el norte de México, aplicando la Constitución con la precisión del juez, que sabe que la ley es la ley, independientemente de quién tenga los cañones en ese momento.
Esa persistencia desgastó a los conservadores de maneras que ningún cuartelazo puede desgastar a sus adversarios. Los reconocimientos internacionales llegaron al gobierno de Juárez porque Juárez era el gobierno constitucional y los gobiernos constitucionales tienen legitimidad internacional que los gobiernos de golpe de estado no tienen por muchos cañones que tengan.
El dinero que el comercio internacional generaba siguió llegando al gobierno de Juárez, porque los comerciantes extranjeros prefieren negociar con el gobierno reconocido, aunque ese gobierno esté en una diligencia antes que con el gobierno de facto, aunque ese gobierno esté en el Palacio Nacional. Suluaga perdió la presidencia provisional cuando Miramon, el más joven y más capaz de los generales conservadores, lo desplazó con la misma lógica del cuartelazo que su Luaga había usado para llegar.
El hombre que había establecido el gobierno conservador fue reemplazado por el gobierno conservador con el tipo de ironía que producen los sistemas donde el único principio real es la fuerza. Cuando los conservadores perdieron la guerra de Reforma en 1861 y Juárez entró a la Ciudad de México con la autoridad de quien ha aplicado la ley durante 3 años en condiciones que habrían llevado a cualquier otro hombre a la rendición, Suaga huyó al exilio.
Llegó a Cuba, esperó. Y cuando los franceses llegaron y el imperio de Maximiliano ofreció la oportunidad de regresar, suluaga regresó no con un cargo prominente, porque los franceses preferían usar a los conservadores que tenían más nombre y más reputación para dar al imperio la legitimidad que necesitaba, sino como figura de segundo nivel, operando en los márgenes del sistema imperial con la discreción del hombre que sabe que su utilidad depende de no llamar demasiado la atención.
Cuando el imperio colapsó en 1867 y Juárez volvió al Palacio Nacional por segunda vez, su luaga desapareció de nuevo. No fue capturado, no fue juzgado, no fue fusilado como Miramón y Mejía en el cerro de las campanas. Se escabulló una vez más con la habilidad específica de los que han convertido la invisibilidad en sistema de supervivencia.
Murió en 1898 en la Ciudad de México a los 84 años. 84 años, más que Juárez, que murió a los 66, más que Miramón, que murió a los 35, más que casi todos los protagonistas de la guerra que había iniciado. La venganza de la República sobre Sulu Luaga no fue el paredón, ni el exilio definitivo, ni la captura dramática.
Fue algo más cruel y más específico para un hombre de su naturaleza. La irrelevancia total. vivió suficiente tiempo para ver que todo lo que había construido había sido destruido, que la Constitución que había intentado anular era el fundamento sobre el que México construía su identidad, que su nombre no aparecía en los monumentos, ni en las calles, ni en los discursos del día de la independencia, que era nadie.
Para un hombre que había querido ser el hacedor de presidentes, eso era el castigo más preciso posible. La historia de Leonardo Márquez es diferente a todas las demás de esta lista. Porque Márquez fue el único de los grandes traidores de Juárez que no pagó el precio que sus crímenes habrían merecido, en el único sentido que los crímenes se pagan.
" Lee la historia completa haciendo clic en el enlace azul de abajo.
[Regresar a la página principal] |