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La lectura y la felicidad

Noticia publicada a las 02:42 am 12/05/26

Por: Pedro Ángel Palou.

Borges, viejo y ciego, le dictaba cuentos a María Kodama por las mañanas en el departamento de Maipú. Tenía la voz reseca, de quien lleva años bebiendo café tibio y hablando poco. La ceguera había llegado con el nombramiento de director de la Biblioteca Nacional, en 1955; veinte años después, ya muerta Leonor Acevedo,

seguía levantándose temprano y armando frases en la cabeza para no quedarse a solas con el silencio que la madre había dejado en el pasillo.
Para eso sirve un libro. Para administrar el silencio que dejan los muertos. La palabra felicidad le habría parecido sospechosa a Borges. La nuestra, la que se postea, le habría parecido directamente vulgar.
La pérdida no se va. Se acomoda. La lectura ayuda en ese acomodo, y por eso uno la confunde con la felicidad. La confunde mal, además, porque son dos cosas distintas. Pero a falta de un nombre mejor. Hay que retroceder hasta la infancia. Allá empieza todo lector y ahí termina, también, el lector que uno fue. La isla del tesoro, en una traducción mediocre que prestó un tío y conservo todavía con un manchón de leche en la página cuarenta y siete. Salgari y los tigres de Mompracem, escritos por un piamontés que jamás puso un pie en Asia y al que justamente esa falta de pisada vuelve infalible. Verne en una edición ilustrada que era de mi abuelo, las páginas tan finas que mi madre me prohibía pasarlas a solas. Dumas leído a saltos. Hugo, Los miserables, abreviado primero y completo a los doce años, con esa gravedad suya que le metía a uno la injusticia debajo de la piel.
Iniciaciones, no historias. Ningún niño que haya leído así sale igual. Greene lo dijo en algún prólogo, ya no encuentro cuál: la lectura en la infancia es una forma de defensa. Greene fue un niño infeliz, hijo del director del internado en el que estudiaba, blanco perfecto del bullying anglosajón antes de que existiera la palabra bullying. Encontró en los libros lo único que le permitía sobrevivirse a sí mismo y a la sensibilidad excesiva que le había tocado en sorteo.
La supervivencia jamás es pasiva. El lector reescribe en silencio, anota a lápiz en el margen, discute con el narrador en una intimidad violenta que sólo permite el papel. El ebook está extinguiendo esa pelea, dicho sea de paso. Y se pierde, con ella, la confianza de poder rayar lo que uno está leyendo.
Proust recuerda en Por el camino de Swann esas tardes de Combray como el verdadero centro de su vida. No los amigos —que apenas tuvo. Las lecturas. Lo que describe es absorción, palabra incómoda y exacta. El cuerpo se olvida del cuerpo y queda sólo la página y la voz interior siguiendo la voz del libro.La felicidad de leer, si así queremos llamarla, se parece menos a una alegría que a esa desaparición temporal del propio yo. Lo cual, según el día, alivia o asusta. Dickinson. La pienso poco y debería pensarla más.
Mil setecientos ochenta y nueve poemas escritos en un cuarto de Amherst, según el catálogo de Johnson. Menos de diez publicados en vida. Su clausura era también, conviene admitirlo sin rodeos, un privilegio de clase: pocas mujeres del XIX podían darse el lujo de no salir de casa.
Pero dentro de esa clausura hubo una libertad rarísima. Microscópica. Casi imperceptible para el vecino. Y sin embargo radical, palabra que uso poco y que aquí me parece la única que sirve. Pitol. Cuando uno tuvo la suerte de tratarlo en Xalapa —en aquella casa de la calle Madero a la que llegué a ir un par de veces, con el vértigo del que entra a una catedral pequeña— las palabras se cargan de otra cosa. En El arte de la fuga aparece la figura del lector como viajero inmóvil. Pitol leía para desplazarse y luego escribía para volver al mismo lugar desde la memoria. Su vida fue una biblioteca en cajas. Varsovia. Praga. Pekín. Xalapa al final, con un Parkinson que iba comiéndose la sintaxis a mordidas pequeñas.
Borges, contra Pitol, aspiraba a controlarlo todo y aceptaba al mismo tiempo que nada se controla. Su universo es una biblioteca infinita y un laberinto. Leer, en Borges, es perderse con método. La lectura no siempre es placentera. A veces incomoda. A veces cuesta físicamente, los ojos arden, la cabeza pesa. A veces es directamente insoportable. Kafka no se lee con alegría. Quien haya intentado terminar El proceso después de las once de la noche lo sabe. Dostoievski no se lee tranquilo: Los hermanos Karamazov le quita a uno el sueño durante semanas, y eso quien lo termina. Faulkner exige al menos dos lecturas para empezar a saber quién está hablando en cada capítulo de El sonido y la furia.
¿Por qué seguimos volviendo a ellos? Hay una felicidad que pasa por la intensidad y no por el placer, cosa que no se entiende del todo a la primera, y que algunos lectores no entienden nunca, qué le vamos a hacer. Yo intenté terminar El proceso en una pensión de Praga, en el invierno del 91, después de haber visto tres veces la calle donde vivió Kafka y de haber pagado un café que costaba lo que mi presupuesto del día; perturbar es la palabra. A Dostoievski me lo recomendó Pitol cuando yo tenía veintitantos y todavía me asustaba el ruso largo; agotar es la palabra. A Faulkner llegué tarde, enseñándolo en Tufts, viendo a los chicos americanos rendirse en la página treinta de El sonido y la furia semestre tras semestre.
Esa exigencia es ya una forma de conocimiento. Nos saca de la certeza. Nos manda al cuarto del fondo, ese que preferiríamos no abrir. Ahí ocurre lo que vale la pena. El resto es entretenimiento, y el entretenimiento está bien, no soy de los que se sienten superiores a la serie de Netflix de turno; pero hay que admitir que es un parque de atracciones cómodo, y la lectura honda es ese cuarto del fondo del que ya hablé. Esto no parece tener buena prensa hoy, en el 2026. La cultura del scroll y de la notificación nos va comiendo el día por las orillas. Acabo de revisar el celular dos veces mientras escribía el párrafo anterior; lo confieso porque viene al caso.
La lectura profunda, en este contexto, es casi un gesto fuera de lugar. Y por eso vale. Leer hoy es una forma menor de resistencia, sin heroísmo. Y sobre todo sin la nostalgia del “antes se leía más”, que es una mentira piadosa que repetimos los profesores cuando vamos a un panel y no se nos ocurre nada más interesante que decir.
Lo que se hace es muy modesto. Uno se sienta, abre un libro, y se queda quieto cuarenta y cinco minutos sin agarrar el celular. La proeza, a esta altura del siglo, es la última parte. No agarrar el celular durante cuarenta y cinco minutos seguidos: una pequeña proeza neurológica de la cual antes nadie hubiera hecho mérito y de la cual yo, hoy, hago.
Borges, en su vejez, ya no podía leer en el sentido en que un sano lee. La ceguera le había llegado en 1955, junto con la dirección de la Biblioteca Nacional; aquello del poema famoso, me dio a la vez los libros y la noche. Siguió habitando la literatura por otras vías. La oía leída en voz alta —Kodama, y antes Estela Canto, y antes su madre, le leyeron durante décadas en distintas casas y distintas ciudades. La dictaba. La iba acomodando en una memoria que para esos efectos resultó ser de hierro. Cada lector va construyendo, con los años, su biblioteca interior. Un puñado de textos, frases, imágenes que terminan acompañándolo más fielmente que muchos amigos de carne y hueso. Suena triste y no lo es. Es lo que ocurre.
Aquí esto se vuelve personal. Estaba tardando. Para mí, como para Borges, el paraíso tuvo forma de biblioteca. Estela. Detrás de una mesa de marquetería del XVIII, en la Biblioteca Palafoxiana de Puebla, esa de los anaqueles de cedro que huele a libro viejo y a humedad fría. Yo tenía ocho años. La cabeza llena de Salgari. La arrogancia del que confunde decodificar con comprender.
Estela me preguntó si sabía leer. Le dije que sí, claro. Me puso un poema. Era de Borges, lo supe muchos años después; creo que era “Arte poética”, aunque mi memoria de la Palafoxiana ya no es de fiar para nombres concretos. Me hizo leerlo en voz alta. Lo grabó en una grabadora portátil de las de casete, con el cable enredado y todo, y luego me lo devolvió como prueba. Escuché mi propia voz tropezar, monótona, sin saber dónde respirar. No sabía leer. Estela tenía razón.
A partir de ese sábado la lectura se volvió una exigencia. Volví durante años, casi sin faltar. Salgari, Dumas, Verne, claro. Saussure, que no entendí, y entender no era el punto: era oír el ruido de un pensamiento adulto. Dámaso Alonso. Alfonso Reyes. Estela no enseñaba a leer. Enseñaba a desconfiar de lo leído. Que es lo contrario de lo que enseña la escuela mexicana.Antes de Estela hay otra escena. El padre Pérez de la Peña, sacerdote diocesano de Puebla, lector raro entre los suyos, me regaló la versión original del Pinocchio de Collodi. Esa que termina con el muñeco ahorcado de un árbol antes de que el editor le exigiera a Collodi un final menos brutal. La de Disney es otro libro, casi otro personaje. La de Collodi es áspera, italiana, católica.
Pinocho miente, sufre, escapa, vuelve, cambia. Leer ese libro fue una iniciación silenciosa. Leemos para cambiar. No siempre para mejor. Hay libros que nos empeoran un poco, y los pocos que sirven de algo casi siempre nos empeoran un poco. Esos son los que importan. Lo que ocurre, mejor decirlo así, jamás es mejora. Es deformación. Y la palabra deformación, dicha así, deja de sonar tan mal. La biblioteca en la que aprendí a leer fue inscrita en el registro Memoria del Mundo de la UNESCO en 2005. Estuve metido en parte del expediente, no por mérito propio sino porque a esas alturas yo ya enseñaba en la BUAP y a alguien le pareció sensato preguntarme.
Podría llamarlo logro. Sería simplificarlo y, peor, falsearlo. Fue, en realidad, la confirmación pública de algo que llevaba años sabiendo sin poder formular: que los libros importan. Como depósitos densos de experiencia, de memoria, de imaginación. Sistema nervioso colectivo de una especie que sin libros se olvidaría a sí misma cada generación. Una biblioteca, lejos de ser museo, opera como organismo vivo. Quienes nos criamos dentro de una lo sabemos físicamente. Es difícil de explicar a quién no.
Pienso en todas esas escenas superpuestas. El niño arrogante de ocho años que cree saber leer. Estela demostrándole lo contrario sin humillarlo —pedagogía rara y perfecta. El muñeco italiano que aprende mintiendo. El escritor ciego dictando en Maipú. La biblioteca poblana que sigue ahí, contra el tiempo y contra la indiferencia institucional.
La lectura, vista desde aquí, funciona como continuidad heredada. Una conversación que viene de Estela, del padre Pérez de la Peña, de los muertos en general. No nos hace felices. No en el sentido contemporáneo del término. Nos da una manera de atravesar la vida; una pedagogía de la pérdida; algo así como un sostén invisible para los días en que el cuerpo no quiere salir de la cama. Leer no salva. Acompaña, que es algo más raro y más durable. Y la compañía, a la mitad larga de la vida, vale más que casi cualquier otra promesa.
A veces, en esa compañía interminable con los muertos, con los otros, con uno mismo, aparece algo que no se sabe del todo nombrar. Por costumbre, por falta de palabra mejor, lo seguimos llamando felicidad. Y proviene de la lectura.

Fuente: HIPOCRITA LECTOR.

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*** SINOPSIS INFORMATIVA ***

ALGUNOS TIPOS DE GOBIERNO NO CAMBIAR?N...
No gano el PRIAN pero algunos gobiernos a pesar de ser de "MORENA", estan pintados de azul o rojo, mas no de guinda. Pero esperemos que la Presidenta CLAUDIA logre su plan de austeridad en toda la republica, porque en algunos municipios aun se dan el lujo de gastar y robar los recursos a manos llenas a espensas del pueblo.

FUTURO INCIERTO PARA TEHUACAN
En panorama economico para la ciudad de las granadas es fatal, en primera porque no hay inversionistas que deseen arriesgar su capital de forma seria y lo que sobra son especuladores, o duenos de capitales golondrinos que llegan lavan y se van a realizar la transa en otros paises o Estados de la Republica.

SINTESIS DE TEHUACAN
Este medio digital cumplio 21 anos en esta gran lucha por informar a Tehuacan y alrededores, aun mas alla de donde nuestra vista alcanza hemos logrado obtener lectores hispanos en otros paises tanto en este continente como del otro lado de las aguas... hemos recibido criticas, amenazas, despojos y demas pero es muy facil escribir sin firmar sus letras o incluso hablar detras de un anonimo, a ellos agradecemos que nos tomen en cuenta, pero mas a los que nos brindan su preferencia y se suman a la gran cadena de los que quieren saber un poco mas cada dia. Sintesis de Tehuacan les desea salud, trabajo y nuevas experiencias hoy y siempre.

POLITICA A LA MEXICANA, MORENA EMPIEZA SU DECADENCIA
Se que Morena es la promesa de la transformacion de la politica en el pais, el Estado y la ciudad, porque sugiere una transformacion de modelo economico. Pero despues de la muerte de Barbosa, el retiro de Cespedes Peregrina y la llegada de Alejandro Armenta, la Gobernatura de Puebla dejara mucho que desear puesto que es un mundo de latrocinio y simulacion disfrazado de trabajo, el cual esperemos se termine a la llegada del antes mencionado. Ya rendiran cuentas cada uno de los barbosistas que consiguieron hueso y aun siguen dentro al inicializar esta nueva gestion.

NO HAY CAMBIO CON POLITICOS CORRUPTOS Y MOCHOS
Un gran periodista que fue don Roberto Blanco Moheno dijo que: para lograr transformaciones firmes, habia que romper con los arcaicos moldes. Y de esa manera titulo a su columna por el tiempo que la escribio.

EL PESO
El peso sigue fortalecido frente al d?lar en su cotizacion oficial, pero empieza a perder en lo que va de la gestion de CLAUDIA. Esperemos mejore en este sexenio.

YA 6 ANOS...
Este ano 2026, se tienen enormes deseos y proyectos con pensiones y apoyos que quedaron grabados en la constitucion. Algunos locos ya terminaron formalmente sus campanas, sin saberlo deberan esperar con insertidumbre porque es un caos el estado y ni que decir la republica.

Alberto Cortez: "Arriba la vida...".

Estos libros recomienda el STAFF de Sintesis Tehuacan para ilustrarse acerca de lo que pasa en la actualidad.

 

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