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dar algunas recomendaciones para que, sin necesidad de conocimientos previos, las personas puedan aprender a pensar y a practicar el pensamiento crítico.
El pensamiento, el pensamiento a secas (pues pensar siempre es pensar crítico) hunde sus raíces en la historia de la filosofía y es ahí donde mejor puede encontrarse. Lamentablemente la filosofía es, por lo general, abstrusa y resulta difícil para un lector no especializado: su terminología para iniciados, la complejidad de los problemas que aborda y, en muchos casos, la oscuridad estilística del filósofo hacen que este asunto de importancia vital, no esté al alcance de todos. Por fortuna, no solo hay filósofos oscuros como Kant, Hegel o Heidegger, sino que también abundan los diáfanos: Platón es, quizás, el mejor de ellos; su estilo dialogado permite que cualquier lector atento pueda asistir a conversaciones de lo más ilustrativas, pues sus Diálogos son literalmente ejercicios de pensamiento: se pregunta, se responde, se afina la pregunta, se precisa la respuesta, se contrasta una idea con otras formas de mirar el problema; se plantean nuevas objeciones, es decir se argumenta, se razona…
A veces, los diálogos platónicos llegan a puerto, a una respuesta que parece la solución; pero también en muchos casos no llegan a ninguna respuesta ni siquiera provisional. El camino recorrido, no obstante, deja en claro muchos asuntos. Diálogos como La República, El banquete, Fedro, Fedón, Georgias, Critón… son un espectáculo que muestra de forma evidente lo que el propio Platón definía como pensar: "el diálogo silencioso del alma consigo misma". Y además, en estos diálogos no se abordan asuntos distantes de la vida, como los juicios apofánticos o los juicios sintéticos a priori, sino asuntos humanos como el amor, la belleza, la muerte, la justicia o cómo deberían ser los gobernantes. Se puede estar o no de acuerdo con Platón, con sus filosofemas; pero eso es lo de menos. Lo importante es el camino que nos invita a recorrer, o sea, la puesta en escena de las ideas y la contrastación de unas con otras; es decir, la forma como se relacionan las ideas y se oponen o complementan. En una palabra: vemos como se despliega esa acción que llamamos pensar.
Otro gran maestro en este asunto es Voltaire, y con la ventaja de que su filosofía adopta el grato vehículo de la narrativa. Sus novelas y sus cuentos son excelentes para aprender a pensar y, además, son amenos y divertidos: en esas obras aparece una fuerte dosis de intriga y de humor. Cándido, su novela más conocida, constituye una reducción al absurdo, mediante la risa, de la filosofía de Descartes y Leibniz, ambas apoyadas en la idea de un ser supremo infinitamente bueno, que a causa de su naturaleza ha creado "el mejor de los mundos posibles". En la novela Cándido, esa tesis salta hecha pedazos junto con otras muchas cosas. En su cuento Micromegas, además de hacernos imaginar un mundo intergaláctico, se exhibe la vanidad humana. Recuérdese que hubo un tiempo en que los seres humanos se concebían a sí mismos como los seres más perfectos de la creación. Esta presunción es reducida a cenizas, al ser comparada con la grandeza y humildad del gigantesco Micromegas, quien, para inclinarse sobre la Tierra y distinguir lo que se mueve en su superficie, apoya un pie en nuestro planeta y el otro en la Luna. Las mil facultades sensoriales con las que el gigante puede percibir la realidad contrastan de un modo hilarante con los 5 sentidos que poseemos nosotros y de los que se jacta un personaje de este cuento: el filósofo, quien, además se considera la cima, el culmen de la creación divina.
Con todo, la novela de Voltaire que a mí más me ha divertido es Zadig o el destino. Y quisiera ofrecer unos ejemplos en los que se constata muy fácilmente aquello en lo que consiste pensar. Es una novela, escrita mediante breves cuentos que van eslabonándose y que tiene un sabor que evoca Las mil y una noches, así como la tradición sufí y los cuentos derviches. La trama es relativamente simple: es la historia de un hombre, Zadig, que tiene la facultad excepcional de pensar y la emplea para desembarazarse de cientos de dificultades, trampas, traiciones y creencias erróneas con las que va tropezando a lo largo de sus aventuras y desventuras. En esta obra se observa en vivo desplegarse el pensar. Referiré un par de anécdotas para ilustrar mi afirmación. E insisto, lo hago porque urge aprender a pensar y practicar el pensamiento. Sin esta facultad y su permanente ejercicio estamos indefensos, ya que vivimos en una época en la que todo busca mover nuestro juicio con emociones y con estímulos que se repiten de forma incansable una y otra vez hasta entontecernos.
En las primeras páginas de esta obra, Zadig se ha retirado a una cabaña que tiene a las orillas del Éufrates para dedicarse a la reflexión y al estudio; ha sufrido la traición de su joven esposa y ha optado por la soledad. Un día se le ocurre salir a caminar por el bosque y se encuentra con unos guardias del rey que le preguntan si ha visto pasar a una perra y a un caballo que pertenecen a sus majestades. Zadig mira el piso, los árboles, las ramas y pregunta a los guardias: ¿Esa perra ha escapado recientemente?, ¿es pequeña?, ¿cojea de la pata izquierda y tiene las orejas muy largas? Y también pregunta: ¿El caballo es uno que galopa perfectamente?, ¿tiene cinco pies de altura?, ¿los cascos muy pequeños y trae adornos de oro de 24 quilates? Los guardias responden que sí, que justamente así son los animales que escaparon y reiteran su pregunta: ¿Los has visto? Zadig responde que no, que no los ha visto. Como la descripción de los animales es perfecta y declara no haberlos visto, lo toman preso, pues suponen que debe estar mintiendo, y tal vez sea porque los tiene escondidos. Lo llevan ante el rey y deciden colgarlo. Zadig pide permiso para explicar por qué él sabe cómo son los animales sin haberlos visto. El rey se intriga y le concede tomar la palabra. La explicación que da Zadig es al más puro estilo de Sherlock Holmes, pues explica cómo fue que dedujo la cojera de la perra al notar que una de las huellas estaba menos hundida que las otras, que por la distancia de esta huellas dedujo que era pequeña, que por las marcas leves a un lado de las huellas supo que sus orejas llegaban hasta el piso y, además, que calculó el tamaño del caballo por haber observado a qué altura estaban las ramas torcidas de los árboles y, finalmente, había deducido que debía tener adornos de oro de 24 kilates, puesto que era la montura del rey…
Quienes conocen el método analítico deductivo de Sherlock Holmes entenderán muy fácilmente a lo que me refiero. Aunque, en honor a la verdad, Arthur Conan Doyle dio a conocer a su famoso detective, por primera vez, en su novela Estudio en escarlata que se publicó en 1887, y la novela Zadig de Voltaire se publicó en 1747, o sea, 140 años antes. Para referirnos a este método deberíamos decir zadiguesco y no sherlockhomesco. Sin embargo, no nos detengamos en el asunto de la originalidad, sino en el método de uno y otro personajes, pues son excelentes formas de aprender el acto de pensar. Ambos personajes son extraordinarios observadores o, lo que es lo mismo, son capaces de distinguir lo que pasa inadvertido a la mayoría, es decir, tienen una mirada analítica, ya que, al ver distinguen, separan, analizan. Gracias a esta forma de observación poseen una realidad ricamente diferenciada, o sea, cuentan con muchos elementos. Y esta rica información les permite relacionar unas cosas con otras y así llegar a sus brillantes deducciones. Pensar es precisamente esto: relacionar… (Véase mi libro La rebeldía de pensar, un breviario del FCE, donde estudio con detenimiento este tema).
El segundo ejemplo que deseo citar, ocurre cuando Zadig ha sido vendido como esclavo y gracias a su excelente discernimiento, a su capacidad de pensar, se gana la amistad de Setoc, su amo, y finalmente recupera su libertad.
Setoc acostumbraba adorar al ejército celeste, es decir, al Sol, a la Luna y a las estrellas. A Zadig, esta práctica le parece absurda y una noche pregunta a su amo por qué se ha hincado para adorarlos. Setoc responde que esos seres son eternos y que recibimos de ellos muchos beneficios. Zadig le hace ver que recibe más beneficios del Mar Rojo, puesto que lleva sus mercancías a la India y que bien puede ser tan antiguo como las estrellas, y a continuación le pregunta: ¿por qué no adoras al Mar Rojo? Setoc le responde que ese mar no es tan brillante como las estrellas y, entonces, Zadig se pone de hinojos y empieza a adorar las antorchas que los están iluminando. Setoc sonríe y a partir de entonces deja de adorar al ejército celeste. Esta es una de las muchas reflexiones por las que el amo termina concediendo a Zadig su amistad y luego su libertad…
Me he extendido demasiado en esta videocolumna. Por lo que no me queda más que insistir en la necesidad que todos tenemos de aprender a pensar y de seguir entrenando esta facultad que hoy, por lo que me consta, anda muy descuidada. Recomiendo, por lo tanto, a Platón y, muy especialmente, esta breve novela de Voltaire de la que he resumido unos pasajes, ya que me parece excelente por su sencillez, por su profundidad y por estar al alcance de cualquiera.
X @oscardelaborbol
Fuente: Sin Embargo.
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