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intentar una que me parece poco explorada: ¿por qué ciertas creencias nos parecen no solo verdaderas, sino obvias? A todos nos resulta admisible que "arriba" es preferible que "abajo": el arriba lo tenemos como sinónimo de triunfo o de éxito; el abajo, en cambio, lo relacionamos con la derrota o el fracaso. Esta generalizada apreciación se hace visible en el uso de algunas metáforas muy empleadas en las conversaciones cotidianas: "llegar a la cima", "la clase alta", "se le subió"… todas estas hablan de éxito y, en cambio, "estar en el hoyo", "cayó muy bajo", "nunca tuvo un propósito elevado"… se interpretan como pérdida o falta. Ni siquiera nos detenemos a pensar; simplemente las damos por obvias, y quizás no lo sean. Otro tanto ocurre con las palabras "oscuridad" y "luminosidad", una se asocia con lo malo y otra, con lo bueno. Son incontables las obviedades que admitimos, y posiblemente a algunos escuchas de esta videocolumna les parezca ocioso que llame su atención al respecto. Mi intención es mostrar lo que podemos aprender de la condición humana reflexionando sobre las obviedades.
Voy a tomar la que, a mi gusto, es la obviedad que goza del mayor de los consensos y que determina la vida de muchísimos de nosotros. Mi intención es mostrar que está muy lejos de ser cierta. A todos nos parece obvia la relación causal entre trabajo, estudio, tesón, esfuerzo… con una mejor vida. Muchos de nosotros, me incluyo, alentamos a nuestros hijos y nos decimos a nosotros mismos que es bueno prepararse, que debemos esmerarnos para ser mejores en aquello en lo que nos ocupamos, como si lograr las metas dependiera de nuestros méritos. Esta relación causal entre esfuerzo y logro la complementa su contraria: quien no estudia ni trabaja ni se esfuerza terminará mal.
No dudo de que en muchos casos el esfuerzo rinde frutos, pero se me concederá que entre uno y otro no hay una estricta relación causal, o sea, que haciendo lo primero se logrará necesariamente lo segundo; los ejemplos abundan: el empleado que se empeña por ascender a un puesto que termina ocupando alguien más simpático, o con mejores relaciones: amistad, complicidad, compadrazgo… y para completar la lista de obstáculos no puede faltar el imponderable: el hijo o el pariente del jefe de la oficina o, peor aún, del dueño. Nada es más elocuente a este respecto que la obra Macbeth de Shakespeare.
La inmensa mayoría de las personas conoce en carne propia la experiencia de frustración. Esa frustración que no es otra cosa que la vivencia de la injusticia… Y aquí aparece la palabra clave: "injusticia". Detengámonos un momento en esto: ¿por qué sentimos que han cometido con nosotros un acto injusto? ¿Qué significado le damos en este contexto a la justicia? El hecho llano es que no obtuvimos lo que esperábamos, lo que creemos merecer, o sea, lo justo. Pero, ¿por qué lo esperábamos, por qué sentimos que debía pertenecernos? Por una idea que forma parte de nuestra naturaleza, y que, de hecho, es el axioma de nuestros actos: la idea de que el mundo es justo. Solo así se explica nuestra indignación. Esa rabia que sentimos se debe a descubrir que el mundo no es como profundamente lo creíamos. En los fracasos descubrimos que no se da la relación causal: ser el de mayores méritos no garantiza nada; esforzarse por ser el mejor en algo solo es garantía en los mundos ilusorios que nos imaginamos; pero no en el mundo real. La pregunta es entonces: ¿por qué creemos en semejante puerilidad?, ¿acaso no habíamos visto a otros fracasar?, ¿no habíamos oído antes esas quejas que ahora son las mismas que nosotros proferimos? Obviamente, sí. Estábamos enterados y, sin embargo, nos entregamos a la vida con la peregrina idea de que el mundo es justo, es equitativo. Y, pese a docenas de fracasos seguimos intentándolo, es decir, seguimos creyendo que el mundo es justo puesto que no dejamos de actuar.
¿Por qué no podemos quitarnos esta idea de la cabeza? Esta relación causal entre hacer y conseguir. Sabemos que es una idea tan antigua como persistente, y deseamos creerla a tal grado que si en este mundo no se da la justicia, entonces aceptamos que la justicia tiene que existir en otro mundo, si no aquí, entonces en el más allá. El primero en proponerlo fue Zoroastro, un profeta tan antiguo que es difícil precisar la época en la que vivió; se le ubica entre el año 1500 y el 1000 a.C. Hoy, muchas religiones ofrecen un juicio justo en el más allá. El caso es que si la justicia no se da en este mundo, entonces creemos que será en el otro… ¿por qué no podemos quitarnos la idea de un mundo justo?
La respuesta está en la evolución: en el hecho de que si no la hubiéramos tenido, no habríamos sobrevivido como especie. Imaginemos una humanidad sin esta creencia. ¿Qué habría sido de ella? ¿Qué habría sido de nosotros si nuestros antepasados no se hubieran esforzado? Porque nunca fue fácil. ¿Si no hubieran tenido tesón?, ¿si no hubieran confiado ciegamente en que sus empresas habrían de fructificar? Y aquí encontramos el fundamento de la esperanza, ¿qué esperanza —qué espera— sería posible si no se creyera en que el mundo es justo? Estoy hablando de la esperanza no como virtud teologal, sino como rasgo evolutivo. Pensada así la esperanza, entonces sí podemos responder la pregunta: ¿por qué, a pesar de tantas pruebas, seguimos creyendo en que el mundo es justo? Por una razón muy simple: si no lo creyéramos jamás habríamos llegado hasta aquí, ni como humanidad, ni como individuos.
Como se habrá notado, hemos hecho un raro recorrido. Comenzamos revisando una obviedad, un enunciado que hasta parece tautológico: es bueno prepararnos para hacer las cosas bien y así obtener un resultado bueno para nosotros. Y al analizarlo hemos encontrado asuntos que no estaban en la superficie de la obviedad, asuntos tan decisivos como que la esperanza es un rasgo evolutivo. Jamás imaginé que el optimismo metafísico de Leibinitz, implícito en su postulado del mejor de los mundos posibles —y que tan certeramente hizo añicos Voltaire en su novela Cándido— fuera a terminar convenciéndome o, por lo menos, haciéndome admitir la parte positiva de este engaño. Yo no puedo creer en la trascendencia, y solo deseo nunca dejar de creer en la existencia de la justicia en el futuro. No me gustaría volverme tan viejo como muchos jóvenes de hoy.
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Fuente: Sin Embargo.
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