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La Virgen de Guadalupe, de Extremadura al Tepeyac
Noticia publicada a
las 01:48 am 02/04/26
Por: Luis Ignacio Sainz.
En 1835 se incorpora como parroquia secular a la Arquidiócesis de Toledo y para 1908 cambio de gestores en favor de los franciscanos, y para 1955 recibió el nombramiento de Basílica menor por Pío XII.
En el siglo XIV, en Extremadura, España, la devoción mariana generó un legendario movimiento de fe que llegó hasta América,
en la advocación original de una virgen negra, tallada en cedro de Líbano, fechada en los siglos XI-XII, si bien la leyenda atribuye su factura a San Lucas, el evangelista, muerto y enterrado con la imagen en Beocia (Grecia) y que tras un peregrinar digno de novela sería “redescubierta” en la villa de Guadalupe en Cáceres. Terminado el culto secreto bajo el dominio musulmán, se estableció su devoción en condiciones dignas. Surgió primero un santuario como priorato secular en 1341, bajo patronato real y señorío civil, hasta que en 1389 por provisión regia se transformó en monasterio, entregándose a la Orden de los Jerónimos en calidad de Monasterio. En 1835 se incorpora como parroquia secular a la Arquidiócesis de Toledo y para 1908 cambio de gestores en favor de los franciscanos, y para 1955 recibió el nombramiento de Basílica menor por Pío XII.
Entre 1467 y 1534 Diego de Écija se entregó en cuerpo y alma a redactar un manual de proliferación de adeptos, a través de levantar la crónica del Monasterio, intitulándolo Libro de la invención de esta Santa Imagen de Guadalupe y de la erección y fundación de este monasterio; y de algunas cosas particulares y vida de algunos religiosos de él. Vaya revelación…
Heredero de tan inquietante provocador de conciencias será el fenómeno mismo del episodio novohispano de las apariciones en el Tepeyac de 1531, en los antiguos dominios de Tonantzin (en náhuatl, “nuestra venerable madre”), diosa de la fertilidad y la tierra, reconocida también como “madre de los dioses”, hermanada con las primigenias Cihuacoatl (“mujer serpiente”, madre de la humanidad y patrona de los guerreros) y Coatlicue (“la que porta falda de serpientes”, madre de Huitzilopochtli, dios de la guerra), a quien en ocasiones se le identifica con Tonantzin. Nada casual que la viajera ultramarina se asome en el territorio de su mimesis tenochca, y que al transcurrir del tiempo terminen asociadas de raíz, cual si se tratara de siamesas. El abordaje de Juan Diego Cuauhtlatoatzin por la guadalupana se da en 4 encuentros: 9 (2), 10 y 12 de diciembre. De hecho, existe un testimonio de ello, denominado Nican Mopohua (en náhuatl, “Aquí se narra”), cuya autoría se le atribuye a Antonio Valeriano y se conjetura que se escribió en 1556, basado en la narración directa de su protagonista. El indio interlocutor de la Virgen cumplirá el mandato y le transmitirá sus deseos al obispo de la diócesis, fray Juan de Zumárraga, hasta convencerlo cuando al desdoblar su tilma caen ramos de rosas de Castilla y la tela de agave exhibe un retrato de la Virgen de Guadalupe pintado con sus atributos.
La conciencia de este proceso de integración-desintegración nos conduce, quizá sin remedio, a la noción de “cuerpo desgarrado”, que vive en la contradicción, ser original y verse en el espejo de una divinidad indígena. Nada mejor que sean los nuevos fieles quienes se encuentren en el predicamento de construir una compatibilidad entre las creencias asumidas del pasado y las creencias impuestas del presente. Lo cual implica una simulación discretísima: ocultar los saberes y las convicciones propias, especie de enterramiento ritual que guarda cierto paralelismo con el depósito de códices indígenas en el abdomen de los cristos hechos con pasta de maíz en Mesoamérica, en los elementos simbólicos que transmite la nueva religión.
Nada importa, hoy día, si varias manos intervinieron la tilma de Juan Diego: el indígena Marcos Cipac Aquino, reconocido por sus contemporáneos por sus habilidades estéticas, en el momento mismo de las “apariciones”; y casi un siglo después (1625), el mestizo Juan de Arrúe, quien se presume haya sido discípulo del notabilísimo Andrés de Concha. Tampoco importa si la Virgen cruzó el Atlántico y en su itinerario olvidó la oscuridad sarracena para ajustarse al moreno oliváceo de los antiguos mexicanos. El hecho es que aquí “se halló” y llegó para quedarse.