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ANABEL HERNÁNDEZ REVELA POR QUÉ SHEINBAUM DIO LA ORDEN PARA QUITAR A LUISA ALCALDE DE MORENA
Noticia publicada a
las 03:12 am 22/02/26
Por: Diep Tramp.
En las entrañas del partido que hoy gobierna México se libra una batalla silenciosa, feroz y sin reglas claras. Lo que comenzó como un movimiento compacto alrededor de un liderazgo carismático, hoy parece un mosaico de tribus enfrentadas, cada una disputando el control del botín político más grande del país: la estructura de Morena.
La presidenta Claudia Sheinbaum habría comprendido algo que en público nadie se atreve a admitir: heredó el poder, pero no el control. En la Cámara de Diputados su presencia es tenue, en el Senado las lealtades están fragmentadas y en el Poder Judicial la sombra del sexenio anterior sigue pesando más que su propia investidura.
Gobierna desde la cima, pero sin brazos.
Esa es la palabra que repiten operadores y legisladores en privado: brazos. Estructura territorial propia, cuadros leales, operadores que respondan sin titubeos. Y es ahí donde aparece el nombre de Luisa María Alcalde, actual dirigente nacional del partido, como el principal obstáculo en la consolidación del poder presidencial dentro de Morena.
La dirigencia de Alcalde, según voces internas, no ha logrado contener la guerra de facciones. Las tribus se multiplicaron tras la salida de Andrés Manuel López Obrador de Palacio Nacional, y ahora cada grupo responde a su propio jefe político. La disciplina se diluyó, las decisiones se negocian y la presidenta observa cómo el partido que debería sostenerla se convierte en campo de batalla.
El plan que se murmura en pasillos y oficinas alternas es audaz: construir una estructura paralela, un “morenita”, una red territorial que responda directamente a Sheinbaum. Asambleas bajo el pretexto de reformas electorales, reuniones de análisis político, giras discretas en estados clave. El nombre que suena como operador de esta arquitectura es el de Alfonso Ramírez Cuéllar, experimentado conocedor del engranaje interno del partido.
No es una ruptura formal, pero sí una señal de desconfianza.
Mientras tanto, en el horizonte aparece otra figura que muchos consideran clave para restaurar el orden interno: Mario Delgado. Exdirigente nacional de Morena y actual secretario de Educación, su eventual regreso a la presidencia del partido es visto por algunos como la maniobra para recomponer la disciplina y contener a las tribus que hoy operan con autonomía casi absoluta.
La pregunta que recorre los círculos políticos es simple y brutal: ¿puede Sheinbaum gobernar sin controlar Morena?
El conflicto no termina ahí. Adán Augusto López Hernández, excorcholata presidencial y hoy coordinador en el Senado, estaría fortaleciendo su propia estructura interna, preparando candidaturas y posicionando leales en estados estratégicos. El control del partido no es simbólico; es el mecanismo que define quién será candidato, quién tendrá presupuesto y quién heredará el proyecto en 2030.
En medio de esta disputa también gravita la figura de Andrés Manuel López Beltrán, hijo del expresidente, señalado por sectores internos como un actor que no se subordina a la nueva jefatura política. Sus movimientos, interpretados como desplantes o mensajes de autonomía, alimentan la percepción de que el liderazgo formal no coincide con el liderazgo real.
Y mientras tanto, desde Palenque, el expresidente mantiene influencia simbólica y política, convirtiéndose en referencia obligada para múltiples corrientes internas.
Es una implosión silenciosa.
La pugna por Chihuahua, con nombres como Andrea Chávez en la ecuación, ejemplifica la disputa territorial. Cada candidatura es una prueba de fuerza, cada proceso interno una batalla anticipada por el futuro del movimiento. Quien controle la estructura partidista controlará el tablero nacional.
En este contexto, la posible remoción o debilitamiento de Luisa María Alcalde no sería un simple ajuste administrativo, sino el primer movimiento abierto de una guerra por la supervivencia política. Dejarla como figura decorativa o sustituirla por un perfil con mayor capacidad de operación marcaría un antes y un después en la correlación de fuerzas.
La presidenta necesita lealtad, pero la lealtad en Morena hoy parece negociable.
El partido que alguna vez se cohesionó en torno a un liderazgo unipersonal ahora exhibe fracturas profundas. Gobernadores, legisladores, dirigentes estatales y operadores nacionales actúan con agendas propias. La pregunta no es si hay conflicto, sino quién impondrá su voluntad cuando el choque sea inevitable.
México observa.
Porque el desenlace no solo definirá el rumbo interno de Morena, sino la estabilidad del proyecto político que hoy conduce al país. Si Sheinbaum logra reconfigurar el partido bajo su mando, consolidará su poder real; si fracasa, gobernará condicionada por fuerzas que no controla.
En política, el poder no se hereda: se ejerce.
Y en Morena, la batalla apenas comienza.