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Las frases heroicas del discurso, de factura añosa de la izquierda de los años sesenta, reflejan cómo su pensamiento se ha congelado en el pasado y ha renunciado a elaborar nuevas concepciones y paradigmas ante un mundo cambiante, con procesos reales de ruptura y, por consecuencia, es sumamente peligroso.
La mezcolanza de frases emanadas de una izquierda añorando la revolución de años pasados, junto con conceptos del nacionalismo priista de los años veinte y, finalmente, aderezado por el populismo bolivariano en pleno proceso de extinción, construyeron un discurso en Querétaro que describe un mundo en vías de extinción.
Al grito de “México no será ni colonia ni protectorado de nadie”, Sheinbaum habló de algo que nadie está ni planteando ni pensando. México nunca ha sido colonia de nadie. Era parte del imperio español y logró separarse de España después de una larga guerra para lograr la independencia de lo que era la Madre Patria, constituyéndose en una República constitucional. Mucho menos ha sido protectorado de algún país.
Lo que sí es cierto es que México es partícipe de múltiples acuerdos regionales e internacionales que norman algunas de las reglas de acción y de conducta del país en materia económica, financiera, fiscal, de rendición de cuentas, medioambiental, laboral, social y político-democráticas. México no vive en una burbuja. Es miembro de la comunidad mundial y, como tal, recibe atenciones y asume responsabilidades.
La presidenta alegó también que “México no se doblega, no se arrodilla, no se rinde y no se vende”. Pero se equivoca la presidenta en su alegato. Si tanto teme que México pudiera “doblegarse, arrodillarse, rendirse o venderse”, lo normal y obvio sería convocar a la más amplia unidad de todo el país, dejando atrás los intereses sectarios de su partido, y proponer un gobierno de Unidad Nacional. Pero ese no es su propósito ni su intención. De hecho, su intención es proponer una reforma electoral que le facilite a su partido perpetuarse en el poder indefinidamente y, por ende, excluir a otros partidos del poder.
En contraste con la intencionalidad sectaria de la presidenta, tanto la presidenta de la Cámara de Diputados y el gobernador de Querétaro llamaron al gobierno federal a presentar una propuesta de reforma electoral que sea de consenso, y no sólo del partido oficial. Hasta ahora no existen señales de que ese llamado unitario haya recibido la atención presidencial. Si la situación nacional es tan grave como dice la presidenta, sería de gran estatura política convocar a todas las fuerzas nacionales a salvar a la Patria.
Tal emprendimiento no ha sucedido, y lo más probable es que no ocurra. Es más, en su alegato histórico, por demás innecesario, la presidenta insistió en dividir al país en bandos enfrentados irreconciliablemente, antes y ahora. La presidenta insistió que “durante 36 años del periodo neoliberal se impulsaron reformas antipopulares, entreguistas y contrarias al interés público”.
En contraste, sostuvo que con la Cuatroté se ha recuperado la esencia social de la Constitución de 1917. Para la presidenta no existe anomalía alguna con el hecho de que su partido haya agenciado el 74% de curules en el Congreso nacional con tan sólo el 54% del voto popular. Dirá que esa es la esencia social de la Constitución. O que su partido haya sido y sigue siendo aliado objetivo del narcotráfico en el país.
Eso también tiene un carácter esencialmente social. Y la reforma electoral que propondrá es necesaria para “consolidar” los avances sociales y para frenar el regreso de los “conservadores”. La rendición de cuenta es una exigencia de reaccionarios cuya intención es denigrar su gesta heroica.
Junto con la declaratoria de que México pertenece solamente a su partido, Sheinbaum estableció que México no aceptará intervenciones “tales como golpes de Estado, injerencia en elecciones o la violación del territorio mexicano”. Agregó, por si no había quedado claro, que “México no entregará nunca sus recursos naturales”.
Lo que pintó la presidenta en Querétaro fue un cuadro de cómo percibe al país. México, dice Sheinbaum, está bajo asedio del exterior, enfrentando la posibilidad de un golpe de Estado. Cualquier observador diría que la situación no es simplemente grave. Es gravísima, y el país corre el riesgo de sufrir un agravio mayor.
Pero aún así, la Cuatroté gobierna promoviendo exclusiones, sectarismos y polarizaciones. No une al país. Lo sigue dividiendo, bajo la idea de que esa división fortalece su mandato.
Responde al guión que le dejó López Obrador de cómo ganar las elecciones. La polarización es ideal para ganar en las urnas, asustando a la población. Pero lo que ha descrito Sheinbaum es otra cosa: es una advertencia sobre un posible colapso nacional.
Todo el discurso de Querétaro está dirigido a Donald Trump. Fue una carta para él. Fue una muestra de cuán molesta está Sheinbaum con el presidente de los Estados Unidos. Seguramente son opiniones que no le expresó en las tantísimas conversaciones telefónicas que han sostenido, mismas que han sido siempre “cordiales y productivas”. Necesitaba el cobijo de Querétaro y el aplauso del público, que otorga impunidad absoluta, para decir sus “verdades”.
Pero esas verdades colocan a la presidenta, de nueva cuenta, en su encrucijada existencial como gobernante de México. México no es un país autónomo. Es un país independiente, pero no es autónomo en el sentido de que existe sin la consideración de factores externos.
Especialmente el factor llamado Estados Unidos. El país del norte define nuestra economía. Es decir, la subsistencia misma de la nación y de su población.
En contraste a Estados Unidos, Cuba es un dato ideológico en el mapa del Caribe. No es relevante la isla ni para la economía ni para la sociedad mexicana. En el pasado tuvo alguna relevancia durante la Guerra Fría. Hoy es un modelo de revolución fracasado que está a punto de desaparecer. Por eso, defender a Cuba como si fuera una extensión de México se antoja absurdo y un sinsentido, como lo mucho que dijo la presidenta en Querétaro.
Ubicó a México al borde de un abismo. Lo hizo, pero estaba pensando, seguramente, en Cuba. Esa Isla sí está al borde del colapso. México no lo está. Por eso, el tono alarmista de la presidente la muestra como una persona completamente dislocada con relación a la geopolítica que vive México, América Latina, Estados Unidos y el mundo.
Lo que debería preocupar a la Cuatroté es su inminente aislamiento en el escenario de América del Norte, América Latina y más allá. Los agrupamientos del Foro de Sao Paulo, el Grupo Puebla y los aliados de China, Rusia e Irán no se han hecho presentes, y no lo van a hacer. Si China y Rusia no están corriendo para salvar a Cuba, fuera de algunas declaraciones solidarias, no lo van a hacer.
El apoyo humanitario mexicano a Cuba es para masajear la conciencia culposa del sector radical de Morena, pero no deja de ser irrelevante. Detrás de todo, se confirma la soledad de México. En el contexto latinoamercano, ya no cuenta con aliados relevantes.
Es una soledad costosa que no se resuelve ni se atiende con discursos heroicos. Más bien, requiere pensamiento estratégico, entendimiento de la nueva geopolítica mundial y una definición clara de los objetivos e intereses estratégicos de México.
Mientras todo esto no se define, y claramente no está definido, México seguirá viviendo de discursos ayunos de contenido estratégico, revelando su confusión sobre cómo entretejer decisiones propias con su inserción en un mundo de intereses y compromisos. Anula la capacidad de atender sus verdaderas necesidades. Si no las entiende, no las va a resolver. En eso consiste la gran soledad de México.
POR RICARDO PASCOE
COLABORADOR
ricardopascoe@hotmail.com
@rpascoep
Fuente: HERALDO DE MEXICO.
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