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La rehabilitación política de Ignacio Mier Velasco desestabiliza la correlación de fuerzas de Morena en la entidad y modifica los planes inmediatos del gobierno estatal, pues de pronto se abre una nueva agenda política; y como todas las agendas, será de premios y castigos, y de cobro de facturas.
Más aún cuando de por medio privan los resentimientos y abundan los grupos que vagan por los pasillos en busca de un padrinazgo que los arrope. Como en Los siete magníficos, dispuestos a prestar sus servicios al mejor postor, o incluso sólo por el puro gusto de hacerlo. No se olvide que la política es un sentimiento que socava los intestinos.
La primera parada será la disputa por las candidaturas a los principales cargos de elección del año entrante —diputaciones locales y federales, y presidencias municipales—. Los grupos en pugna querrán tomar la delantera colocando a los suyos. Quien gane el mayor número de posiciones habrá ganado territorio y, con él, la mitad del camino rumbo a 2030.
Hay que decirlo desde ahora: una disputa adelantada con cuatro años de anticipación será a costa del bienestar de la gente. Porque —es de prever— cambiarán las prioridades del gobernador Armenta y la orientación del gasto se agotará en nuevos objetivos que no necesariamente serán los de la mayoría. Habrá que ver, sin embargo, cómo enfrenta el nuevo desafío y el acoso de los de casa.
El control del Senado implica injerencia directa sobre la conducción de los gobernadores. El federalismo desapareció con Morena para convertirse en pieza de museo. Democracia y federalismo son conceptos ausentes en el discurso del gobernador Armenta; cómo invocarlos si no están en su ideario.
Es de suponer que en ningún momento las cúpulas actuarán pensando en el bien común, sino en un cálculo de ganar-ganar, al costo que sea. No será un debate público, de cara a la población, fundado en ideas, propuestas y proyectos de buen gobierno, sino una disputa a patadas, por debajo de la mesa, como suele ocurrir en la política mexicana. Una pesada noche de cuchillos largos.
La confrontación está a flor de piel. Nacho Mier pudo guardar la compostura frente a López-Dóriga y declararse imposibilitado por la ley para competir en 2030. No lo hizo. Por el contrario, se mostró satisfecho cuando el periodista le expresó que lo veía en la boleta de Puebla en 2030. Hay batalla, y todo hace ver que campal.
El cambio en el Senado mete a Puebla en un proceso de consecuencias impredecibles, rumbo a las elecciones del año entrante, cuando colisionen las fuerzas de por lo menos tres grupos al interior de Morena, con una oposición que ya se perfila competitiva en la capital.
El retorno del exprecandidato implicará una recomposición de fuerzas y alianzas, así como el surgimiento de nuevos grupos con influencia. Aflorará el malestar de cuadros desplazados, ignorados, ninguneados, maltratados, atropellados, que hoy andan a la caza de cobrarse la factura por lo bajo.
Pero, sobre todo, se reagrupará el equipo que acompañó a Mier en la suntuosa precampaña, en la que Fernando Manzanilla estructuró un proyecto robusto, aparentemente enfocado en los problemas estructurales. Una de sus principales fortalezas. Nacho Mier —se dice— perdió en la mesa de negociaciones por un pelo.
En aquel grupo confluyeron políticos profesionales, con arraigo social y conocedores de las tripas del poder: los que saben cuándo apretar y cuándo soltar. Es previsible que los periodistas que viven de sus relaciones políticas se atrincheren en la nueva casa.
Todos los indicios apuntan a que al gobernador Armenta se le cuecen las habas en su afán de poner casa aparte con su propio grupo. Pulsión normal. En Puebla lo han intentado todos y todos han fracasado, incluso Bartlett.
La salvedad, por paradójico que parezca, es el marinismo. A pesar de que dos de sus piezas más conspicuas purgan condena en prisión, uno de ese grupo —el tercero— gobierna hoy. Y eso no es poca cosa.
Lo de poner casa aparte también es paradójico: se trata de un grupo de muchachos champiñones, con el que difícilmente se arribará a puerto seguro, como ya lo prueban los resultados del primer año en las respectivas dependencias. Un tema vital como el transporte público permanece inalterado, como en el pasado, aunque ahora más retador. En política, ya se sabe, nada está escrito en piedra.
Hay otros elementos en discordia que ya están metiendo ruido por lo bajo. Sergio Salomón Céspedes se rehúsa a apearse de la entidad y no pierde oportunidad de enviar el mensaje de que, como Quetzalcóatl, retornará.
Con ese fin calculado sembró en la capital a José Chedraui, con quien ha infligido a la ciudad uno de los mayores daños de las últimas décadas.
Otra pieza posible es Olivia Salomón, quien podría convertirse en la tercera en discordia del centro, pues juega a su favor el factor de género y —se dice— de su cercanía con la presidenta Sheinbaum.
Pero esto ya pertenece al terreno de lo deseable en tiempo pretérito, pues el control de la designación de candidaturas no estará en manos de la presidenta Sheinbaum ni de Morena, o de gobernadores, sino del hermano Hernández López, por mandato del Tlatoani del movimiento.
Otro personaje capaz de provocar severos dolores de cabeza al oficialismo es la reaparición de Blanca Alcalá. El mejor alcalde que ha tenido la ciudad en el último medio siglo —ahí están los indicadores—. Ha recorrido todo el escalafón de la burocracia partidista y en todos los cargos ha salido sin mancha. Le falta la gubernatura.
En 2008, la candidatura a la presidencia municipal de la capital parecía cantada a favor de Javier López Zavala, desde donde —se decía— daría el salto a la gubernatura. Pero había un pequeño detalle, minúsculo: el escándalo nacional del “góber precioso” colocaba al PRI frente al PAN con una desventaja de 21 puntos.
Conforme avanzaban las semanas, el partido no remontaba; se hundía. Entonces el marinismo ideó una salida salomónica: postular a Blanca Alcalá, entonces subsecretaria de Desarrollo Social, a la alcaldía, un cargo que no buscaba.
En los hechos fue lanzada como candidata con el macabro propósito de enviarla al matadero de la opinión pública y descargar sobre ella toda la mala fama.
Su sola personalidad la volvió refractaria a todas las perversidades, incluso a los intentos por involucrarla en el escándalo marinista. Al final de la jornada, para sorpresa de propios y extraños, el resultado oficial le otorgó el triunfo con una diferencia de 21 puntos.
Durante los tres años de su administración, el marinismo se empeñó en disminuirla para impedir que disputara la candidatura a la gubernatura. En ese extravío apareció Rafael Moreno Valle y terminó ganando la elección bajo las siglas del PAN, y con él la desaparición del PRI en la entidad.
Es el escenario en el que los partidos políticos y sus prohombres caminan en una dirección y los anhelos de bienestar y libertades de la población lo hace en la acera de enfrente y en sentido contrario.
Fuente: E-consulta.
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