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¿Por qué los humanos nacemos con un cerebro “inacabado”?
Noticia publicada a
las 02:28 am 06/02/26
Por: Jorge de Jesús "El Glison".
A diferencia de un potrillo que se pone en pie a los pocos minutos de nacer, o de un delfín que nada junto a su madre al instante de salir al océano, el ser humano nace en un estado de vulnerabilidad absoluta. Somos, en términos biológicos, una especie “altricial” (las especies altriciales son aquellas cuyas crías nacen inmaduras, indefensas y ciegas,
con movilidad limitada y a menudo sin pelo o plumas. Requieren cuidados intensivos, alimentación y protección prolongada de sus progenitores para sobrevivir, a diferencia de las especies precociales que son independientes rápidamente. Ejemplos incluyen humanos, perros, gatos, aves rapaces). Carecemos de autonomía, no podemos regular nuestra temperatura eficientemente y, lo más importante, nuestro cerebro está lejos de estar completo.
Esta fragilidad inicial ha despertado durante décadas una pregunta fundamental en la antropología y la neurociencia: ¿por qué la evolución, en su supuesta perfección, nos lanza al mundo tan desprotegidos? La respuesta reside en una fascinante combinación de arquitectura ósea, límites energéticos y una ventaja estratégica que nos define como especie: la plasticidad.
El Dilema Obstétrico: Un ajuste de ingeniería la teoría clásica más robusta es el llamado “Dilema Obstétrico”. Hace millones de años, nuestros antepasados adoptaron el bipedismo. Caminar erguidos transformó nuestra anatomía, estrechando la pelvis para permitir una locomoción eficiente en dos piernas. Sin embargo, mientras nuestra pelvis se estrechaba, nuestro cerebro comenzó a crecer de forma exponencial.
Aquí surgió el conflicto de diseño: si el feto permaneciera en el útero hasta que su cerebro estuviera tan desarrollado como el de otros primates al nacer, la cabeza simplemente no pasaría por el canal de parto. La evolución optó por nacer antes de tiempo. Un bebé humano nace con apenas el 25% o 30% del volumen cerebral adulto, permitiendo que el cráneo, cuyas placas aún no están selladas, pueda moldearse y atravesar la pelvis materna.
La Hipótesis Metabólica: El límite de la madre investigaciones recientes sugieren que hay otra razón poderosa: la energía. La “Hipótesis de la Bioenergética” propone que el embarazo es metabólicamente costoso. Llegado el noveno mes, los requerimientos energéticos de un feto con un cerebro en crecimiento superan la capacidad de la madre para proporcionarle nutrientes a través de la placenta sin poner en riesgo su propia vida. El parto, entonces, no sólo ocurre porque el bebé ya no “cabe”, sino porque la madre ha alcanzado su límite metabólico. El bebé debe salir al mundo para empezar a alimentarse directamente y permitir que su cerebro continúe su expansión afuera.
Este nacimiento “prematuro” biológico convierte los primeros meses de vida en lo que los pediatras llaman el “cuarto trimestre”. Pero, lejos de ser un error, este diseño es nuestra mayor fortaleza. Al nacer con un cerebro “en blanco” en muchas de sus áreas, el ser humano no viene programado con instintos rígidos, sino con una capacidad infinita de aprendizaje.
Nuestro cerebro no se limita a crecer; se esculpe en contacto con el entorno. La cultura, el lenguaje, los afectos y los estímulos del medio ambiente son los que terminan de cablear nuestras neuronas. Esta “apertura” al mundo nos permite adaptarnos a climas, sociedades y tecnologías diversas, algo que un animal con un cerebro rígidamente programado al nacer no podría lograr.
La explosión de conexiones: De los 0 a los 3 años
Tras el nacimiento, el cerebro del bebé entra en una fase de efervescencia eléctrica. En los primeros años, se crean hasta un millón de nuevas conexiones sinápticas por segundo. Es la etapa de la “exuberancia sináptica”. El cerebro es una esponja que absorbe cada mirada, cada palabra y cada textura.
En esta etapa, el cerebelo se triplica en tamaño, permitiendo el desarrollo de las habilidades motoras, y las áreas del lenguaje en el lóbulo temporal comienzan a encenderse. Es aquí donde el Desarrollo Humano, como disciplina, enfatiza la importancia del vínculo afectivo: un cerebro que se siente seguro y amado segrega oxitocina y factores de crecimiento neurotrófico, mientras que un cerebro bajo estrés tóxico ve limitado su potencial.
La poda sináptica: Menos, es más
Cerca de los seis años, el cerebro alcanza casi el 90% de su tamaño adulto, pero el proceso está lejos de terminar. Durante la infancia tardía y, especialmente, en la adolescencia, ocurre un fenómeno crucial: la “poda sináptica”.
El cerebro se da cuenta de que tiene demasiadas conexiones y que muchas son ineficientes. Siguiendo el principio de “úsalo o piérdelo”, el sistema elimina las sinapsis débiles y refuerza aquellas que utilizamos constantemente. Es un proceso de especialización. Al mismo tiempo, comienza la mielinización: las neuronas se recubren de una capa de grasa que funciona como aislante eléctrico, permitiendo que la información viaje hasta cien veces más rápido.
La frontera final: Los 25 años
Contrario a la creencia popular de que somos adultos a los 18, el cerebro humano no termina de madurar sino hasta mediados de los 20 años. La última zona en “conectarse” y sellar su desarrollo es la corteza prefrontal, ubicada justo detrás de la frente.
Nacer vulnerables fue el precio que pagamos por ser la especie más creativa, adaptable y consciente de la Tierra.