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Las avionetas sobrevolaron La Habana, especialmente sobre su malecón, echando volantes exhortando a levantarse en contra del gobierno de la Isla. El razonamiento de Clinton, según me explicó Fidel, era que no quería enfrentar demasiada oposición del exilio cubano a la hora de anunciar el acuerdo entre su gobierno y el cubano.
Después de aceptar esa condición que impuso Clinton, de respetar los vuelos de las avionetas de Hermanos Al Rescate, Fidel cometió un error. En vez de dar esa instrucción inmediatamente al jefe de la fuerza aérea cubana, él tomó una siesta. Lo despertaron de la siesta con la noticia de que la fuerza aérea cubana había derribado dos avionetas y que sus cuatro pilotos fallecieron.
A partir de ese hecho, el Congreso de Estados Unidos aprobó la durísima y anticubana Ley Helms-Burton, efectivamente anulando cualquier posibilidad de acuerdo entre los dos países. Eso ocurrió en febrero de 1996. Fidel me confesó que fue su culpa que no se hubiera logrado el acuerdo que deseaba con Clinton.
Veinte años después, en 2016 Raúl Castro llegó a un acuerdo con el Presidente Obama que ofertaba abrir al mercado interno cubano a la inversión privada extranjera, al mismo tiempo que ofrecía permitir a la economía cubana acceso al mercado mundial.
El acuerdo aparentemente no implicaba que Cuba se había comprometido inmediatamente a algún tipo de reforma democrática interna, aunque, según algunos voceros del gobierno de Obama, esa reforma estaba implícita en el acuerdo. Y que se había conversado con los dirigentes cubanos, dirigidos por Raúl Castro.
Para expresar el compromiso del gobierno estadounidense con el acuerdo, el Presidente Obama realizó una visita protocolaria a Cuba del 20 al 22 de marzo de 2016. La intención de la visita era concretar el acuerdo y que Obama personalmente atajara las críticas que algunos sectores dirigentes del Partido Comunista Cubano estaban expresando sobre el contenido del acuerdo.
Los líderes del Partido Comunista de Vietnam habían urgido a los cubanos a que aceptaran el acuerdo con Estados Unidos. En esa coyuntura, Vietnam se había sumado al Acuerdo TransPacífico impulsado por Obama, como instrumento para contrarrestar la creciente influencia de China en la zona de Asia-Pacífico. Los vietnamitas incluso querían que Cuba se sumara al acuerdo TransPacífico.
Con esa convicción, Raúl Castro convocó a un Congreso del Partido Comunista Cubano en abril del 2016 para ratificar el acuerdo que él tomó con Obama. Fidel llegó al evento y llamó al PCC a rechazar el acuerdo que Raúl había alcanzado con Obama. A pesar de ya no ser dirigente del gobierno, la palabra de Fidel pesaba por encima de todas las cosas.
El Congreso rechazó la propuesta de acuerdo presentada por Raúl. Así, Fidel logró humillar a su hermano delante de todo el país y consolidarse como el dirigente máximo de la Revolución Cubana. En noviembre de ese mismo año, Fidelo murió y dejó a Cuba sin opciones y con un destino dependiente de los apoyos externos, principalmente de Venezuela y, en menor grado, de Rusia.
Es posible pensar que Fidel, en un arrebato de celos, no toleraba la idea de que su hermano menor había logrado un acuerdo con Obama que él tanto ansiaba con Clinton.
¿Qué nos dicen esos dos episodios en la historia de Cuba y Estados Unidos? Hay varias lecciones que se pueden derivar de las acciones de los hermanos Castro. En primer lugar, existe una importante impronta dialoguista en un sector de la élite cubana, como lo demuestra las negociaciones tanto de Fidel como de Raúl con diversos presidentes estadounidenses.
En segundo lugar, que dentro de la élite cubana también existe un importante sector que se siente amenazado por los efectos que pudiera producir una apertura económica. Algunos dirigentes y sus familias se han enriquecido administrando empresas estatales y la idea de la libre competencia en el mercado no les conviene, pues están acostumbrados al control monopólico de sus sectores productivos. No quieren abrir el mercado porque amenaza sus ganancias y su control sobre los sectores. También amenaza su poder político. Los llamados “duros” del partido son los más amenazados con la pérdida de privilegios.
En tercer lugar, es crucial un liderazgo fuerte para poder tomar las decisiones pertinentes. Más allá de sus conflictos familiares reminiscentes a Caín y Abel, tanto Fidel como Raúl tenían la autoridad política y moral para negociar con el presidente estadounidense en turno. Hoy no existe un liderazgo con esa autoridad política en Cuba. El Presidente Díaz-Canel es visto como un títere de otros, pero carente de fuerza y de un proyecto político propio. ¿Quién o quiénes podrían tomar la batuta para negociar con Washington en estas condiciones? No está claro. ¿Quién es el Delcy Rodríguez de Cuba?
Por último, y dada la experiencia previa de negociaciones con Estados Unidos, es de suponer que siguen existiendo los dos bloques dentro de la élite cubana: los dialoguistas y los anti dialoguistas. Si hay algo que aprender de la incursión estadounidense en Venezuela, es que Washington seguramente ya ha buscado y encontrado con quienes dialogar dentro de la élite cubana sobre los pasos para un pacto transicional en la Isla.
De ser así, el debate interno en la élite cubana será feroz, porque ya no existe ese referente “revolucionario” que era la voz de Fidel. Existe, en la dirección cubana, una cierta orfandad ideológica. ¿Qué se debe defender y qué ceder, y hasta dónde? ¿Cuánta es la presión para llegar a un acuerdo?
Las condiciones económicas y sociales dentro de la Isla son deplorables. La crisis humanitaria es real. La falta de petróleo agrava una crisis previamente existente. Y la dirección política del partido y del Estado no están en condiciones de ofrecer una salida, a menos que sea, una vez más, dependiente de un apoyo o auxilio externo. Alguna vez fue la URSS, después Venezuela. La tibia ayuda mexicana es simbólica, pero no resuelve nada de fondo. Entonces, ¿qué hacer?
Ahí está Trump, con la asesoría de Marco Rubio, presionando para imponer un nuevo modelo económico y social en Cuba. Los aranceles contra quienes intenten abastecer a Cuba de petróleo cierran las puertas a otras propuestas externas. México ofrece apoyos humanitarios: comida, medicinas, apoyo moral. Pero México no puede arriesgar su negociación con Estados Unidos.
Fidel había avanzado un acuerdo con Clinton que contenía, entre otras cosas, una amnistía para la dirigencia cubana. Raúl también, con Obama. ¿Será tan generoso el acuerdo de Trump-Rubio con la élite cubana como para ofrecerle una amnistía general?
¿Aceptará una amnistía la comunidad cubana en Miami, tan deseosa de venganza? Ya no son los tiempos de Clinton ni de Obama, ambos demócratas. Estamos en tiempos de dureza en materia ideológica y en temas de seguridad hemisférica. Derrocar a Venezuela y a Cuba, contener a Nicaragua y subordinar a México son las nuevas coordenadas de la seguridad nacional de Estados Unidos.
Desde la mirada de Washington, todo debe suceder antes de las elecciones intermedias de noviembre de 2026. El tiempo es corto y las acciones requeridas son muchas.
POR RICARDO PASCOE PIERCE
COLABORADOR
ricardopascoe@hotmail.com
@rpascoep
Fuente: HERALDO DE MEXICO.
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