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término compuesto por el prefijo "con", o sea, "reunión" y el verbo "versare" que se traduce como girar, cambiar, dar muchas vueltas. Así, en sentido etimológico "conversar" significa dar de vueltas juntos. Conversar es una reunión y aquello a lo que se da de vueltas es a una idea; cada vuelta es el punto de vista de uno de los participantes, por lo que conversar produce una idea enriquecida por los diferentes puntos de vista expuestos. De ahí que quien verdaderamente conversa se vuelve más versado o, si se prefiere, entiende más. Aclarar el sentido hondo de la palabra "conversar" muestra la gran diferencia que tiene con lo que actualmente se estila: discutir, debatir, polemizar… En estas otras prácticas se trata de ganar, de imponer el punto de vista y, en modo alguno, de cambiar la forma inicial de pensar, de enriquecer la idea o de comprenderla mejor.
He llevado a cabo este rodeo (un tanto rancio y erudito) para que se comprenda la nostalgia que siento por las auténticas conversaciones. Pues lo que ahora más echo de menos, lo mismo en la esfera privada que en la pública, son esos diálogos que instruían, de los que uno salía más versado tras escucharlos. Hoy lo que priva son los debates y quisiera dedicar esta columna a mostrar su completa inutilidad y hasta lo perjudiciales que resultan. Admito, para que no se me tache de ingenuo, que también en el pasado escaseaba la auténtica conversación. No vaya a creerse que mi nostalgia es por una época dorada: sé muy bien que nunca la hubo. Basta asomarse a la Grecia clásica para descubrir que los sofistas adquirieron popularidad y, sobre todo, jugosas ganancias por enseñar a los jóvenes atenienses a ganar en las discusiones: la retórica, el arte de discutir para ganar, es el invento de los sofistas. La historia es la constancia de que si no hay un propósito de cambio, entre quienes hacen uso de la palabra, el resultado es el endurecimiento de los bandos y que estos se vuelvan más recalcitrantes en sus respectivos extremos.
Pero no sólo quienes polemizan no se benefician con el intercambio de ideas, tampoco quienes presencian un debate, pues lo hacen con el mismo ánimo de quien asiste a una pela: complacerse con los golpes que se asestan los pugilistas; pero con una enorme diferencia que marca una desventaja entre el aficionado al boxeo y el que contempla un debate. El primero aprecia las combinaciones de los golpes, la rapidez con la que se esquivan los contendientes, el balanceo de los cuerpos, el movimiento de piernas y conocen los términos de cada golpe, saben si es un jab o un uppercut o un gancho… en suma, aprecian, distinguen lo que ocurre en el ring. En los debates, en cambio, el asistente no distingue los argumentos sofísticos, no nota los paralogismos, no sabe siquiera los nombres de las falacias más empleadas: hombre de paja, argumento ad hominen, falacia de autoridad, falacia anecdótica, generalización apresurada… y, sobre todo, no tiene conciencia de que sus propios sesgos cognitivos cooperan para dar la razón a quien piensa como él. Resultado: la polarización de los bandos y que las ideas, aunque se exponen no se ventilan, no se airean, no se nutren, sino que se quedan como estaban sólo que más arraigadas.
Qué lejos están las polémicas de contribuir al pensamiento crítico, y qué útiles son para fanatizar y cerrar la puerta al razonamiento con sus frases simplificadas, con sus eslóganes que se quedan como mantras en la cabeza haciéndola refractaria a cualquier cambio.
Pero, si siempre y en todas partes ha habido discusiones o polémicas, ¿en dónde están las conversaciones que añoro? Pues están en esos raros sitios donde de veras se quiere entender mejor, por ejemplo, en la historia de la filosofía o en la historia de la ciencia. En estas disciplinas alguien descubre que no entiende algo, formula el problema, propone una idea, la presenta de un modo consistente y, con ello, el problema se vuelve inteligible. La idea se presenta como la solución a un problema. Otro pensador escucha profundamente la idea expuesta, la sopesa, la estudia, la analiza, la contrasta, descubre algún defecto en ella y comprende que es necesario reformularla; reformula el problema y busca, por todos los medios a su alcance valiéndose de todo su ingenio e imaginación, una nueva idea que permita entender mejor el problema. Y así una y otra vez.
Quisiera, para terminar esta reflexión, poner un ejemplo de una conversación que ocurrió en Europa, durante la Edad Media, a propósito del vacío. Deseo también que se aprecie que los involucrados en esta conversación se escuchaban y defendían sus posturas antagónicas con objetividad y respetando la lógica y los hechos. Todo ello, pese a estar involucrado Dios. Simplificaré la conversación en seis momentos planteando tan sólo lo más relevante. Es necesario, además, recordar que en aquel momento dominaban dos creencias: la visión aristotélica según la cual el vacío no podía existir en la naturaleza y la idea de que Dios era omnipresente y todopoderoso. Ambas cuadraban.
La conversación comenzó cuando Roger Bacon (Siglo XIV) redescubrió a Lucrecio (poeta y filósofo del Siglo I), y puso sobre la mesa una idea de Lucrecio que aparecía en su libro De Rerum Natura a propósito de que el vacío sí existía.
El argumento dice: "Si dos placas de una superficie amplia dejan de estar en contacto, el espacio entre ellas debe estar vacío hasta que sea ocupado por el aire; pero, por muy rápido que entre el aire, ese espacio no puede llenarse instantáneamente, porque entre las placas hay vacío en algún momento." Imagínese, como experimento mental, que se separan dos placas, efectivamente parece que el aire no entra a velocidad infinita, luego, debe producirse un vacío momentáneo. Y nótese lo que está en juego para la mentalidad de la época: el vacío es igual a la nada, en la nada no está Dios, en la nada Dios no tiene poder: la omnipresencia y la omnipotencia están en peligro.
Es verdad que si las placas se separasen en paralelo se produciría el vacío; pero siempre ocurre un ángulo de inclinación entre ellas que permitiría al aire ir ocupando el espacio entre ellas…
Es correcto, siempre hay un ángulo, pero aunque el contacto fuera "prácticamente" puntual, el aire no lograría alojarse de manera instantánea, por lo que se formaría un vacío menor; pero se formaría de todos modos…
Sí. Pero lo que ocurre es que las placas nunca están en contacto, pues entre ellas hay siempre una ligera capa de aire que las aísla y cuando el espacio entre ellas se hace mayor al separarlas, el aire ocupa todo sin dejar ningún espacio vacío…
Entonces, no pensemos en dos placas de metal, sino en una placa de metal que se separa de un objeto más adherente, que no permite que esté presente la capa de aire: el agua. Si se separa una placa de metal del agua, en algún momento se forma el vacío…
El sexto paso de esta conversación no fue un argumento sino un decreto del obispo de París, Ettiene Tempier, con el que se ordenó suspender la discusión so pena de hoguera…
En esta conversación que duró muchos años y en la que participaron numerosos científicos, filósofos y teólogos se observa que los participantes querían "tener razón"; el Obispo, en cambio, no quería tener razón, "quería simplemente ganar", que es bien distinto. Mientras se mantuvo como conversación fue seria, imaginativa, respetuosa, enriquecedora y, aunque hoy sepamos que en el universo todo está lleno de "campos", de acuerdo con la mecánica cuántica, y entendamos el espacio-tiempo de manera einsteniana y por lo tanto todo está lleno, o pensemos en la materia oscura y la energía oscura para cubrir los desgarros del espacio… quiero decir, aunque hoy esa discusión medieval esté superada, eso no le quita haber sido una magnífica conversación. El obispo se comportó como lo hacen hoy quienes debaten: él, desde el poder, amenazó con la hoguera, hoy como también se discute desde el poder: sólo se quiere ganar, y la razón no importa. Se contratan equipos de robots e influencers, se dirigen las palabras a lo emocional y se capitalizan los sesgos cognitivos… en fin, no es que quiera que el debate se proscriba, sólo siento nostalgia por la conversación.
X @oscardelaborbol
Fuente: Sin Embargo.
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