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El Ku Klux Klan en los Estados Unidos ocultaba sus rostros y sólo se atrevían a mostrarse en grupo, hoy las capuchas están abajo, marchan sin vergüenza mientras la Casa Blanca. publica en sus cuentas oficiales propaganda supremacista blanca, creada por neonazis declarados, pero hay resistencia.
Tras la reciente ejecución extrajudicial y pública de Renee Nicole Good, mujer blanca de clase media ultimada por un agente del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) durante una redada en Minneapolis, decenas de miles salen a las calles de esta ciudad, en Nueva York, Washington, Los Ángeles, Filadelfia, Chicago, Boston, Portland contra lo que llaman "gobierno fascista". Resurgen las Panteras Negras llamando a la autodefensa armada.
El ICE se ha convertido en la Gestapo migratoria y ha detenido a más de 3,500 personas en una semana según reportes de prensa. Donald Trump amenaza con invocar la Ley de Insurrección para desplegar militares contra los manifestantes y enviar detenidos a Guantánamo. La violencia de extrema derecha y supremacistas blancos ha crecido exponencialmente en la última década, pero Trump insiste en que los inmigrantes son la amenaza existencial, mientras supremacistas declarados ocupan cargos en policías, ejército y gobiernos locales.
El fascismo ha terminado de infectar a los Estados Unidos y no sólo a estos, crece en todo el planeta de forma alarmante. Los fascistas se muestran orgullosos y hacen desplante de su desprecio por la vida de manera pública, las redes sociales se han infestado de propaganda a favor del genocidio en Palestina (justificando lo injustificable) y de una retórica militarista y racista que ruborizaría a muchos nazis de antaño.
Los colonialistas siempre trataron de justificar sus crímenes en el gastado pretexto de la libertad, la democracia, la misión civilizatoria, hoy cínicamente declaran como suyos los recursos naturales del sur global, "nuestro petróleo" dicen. Si el sionismo del Estado de Israel recurre al obscurantismo más primitivo erigiéndose en pueblo elegido de Dios mientras perpetra un genocidio, los Estados Unidos se auto ungen como gendarmes del mundo, policía planetaria que interviene donde su "interés nacional" (léase: sus corporaciones) lo demande.
En Venezuela secuestran al presidente Nicolás Maduro, en Sudán apoyan a los señores de la guerra que convienen a sus intereses mientras la población es masacrada. Trump declara abiertamente que el Canal de Panamá, Groenlandia, que el continente entero les pertenece.
Hitler acudía al mito de la raza superior, la derecha mundial se dice superior hasta estéticamente y ya sin argumentos grita abiertamente su derecho "divino" a apropiarse de los territorios, las riquezas y los cuerpos de los otros. El fascismo se muestra como lo que siempre ha sido, el núcleo duro del capitalismo colonial, es inherente a él.
Pero este fascismo no llegó solo, tuvo cómplices que le pavimentaron el camino. Hablemos un poco de Latinoamérica. En Chile, Gabriel Boric llegó al poder de la mano de una gran mayoría popular que pugnaba por una nueva constitución, con 16 regiones gobernadas por el progresismo, 15 gobernadores regionales, todas las capitales salvo una con alcaldes de izquierda, dos tercios de la Convención Constituyente.
Cuatro años después entrega un país donde la ultraderecha gana con el 58 por ciento, el peor resultado de la izquierda en cien años. Boric militarizó la Araucanía, persiguió y encarceló a varios luchadores sociales, reprimió a estudiantes, se subordinó a Washington. Después de que Venezuela es bombardeada y Cuba recibe amenazas, Boric desde las páginas de El País los llama dictaduras para congraciarse con la élite financiera mundial.
En Uruguay el Frente Amplio (FA) volvió al poder para administrar tímidamente el Estado neoliberal sin atreverse a tocar los privilegios de las corporaciones ni a desafiar el modelo extractivista; tímidos hasta para condenar el genocidio palestino y con esto pierden hasta a sus bases históricas y preparan el camino a los estancieros y nostálgicos de la dictadura.
Por otra parte, en México, la autollamada cuarta transformación es un ejemplo de la corrupción de la "izquierda" electoral latinoamericana, el autoritarismo. Las promesas incumplidas, el enriquecimiento inexplicable de muchos de sus más destacados representantes y la infiltración del narcotráfico al más alto nivel en las estructuras de su gobierno, son un síntoma de la descomposición que ya le prepara el camino a la extrema derecha.
Llega porque aquellos que significaron una esperanza sólo fueron gerentes de la crisis, tibios y miopes que decidieron que no había que hacer cambios estructurales, temerosos de confrontar al capital, de ponerse del lado de los trabajadores, de tocar la propiedad de los medios de producción, de nacionalizar los recursos estratégicos, de romper con el FMI y el Banco Mundial.
Esas izquierdas timoratas que al llegar al poder lo primero que hicieron fue deslindarse de todo lo que sonara y oliera a socialismo. Lo primero que hicieron fue asegurarle a los poderosos que no temieran, que sólo venían a administrar lo que quedara del Estado, que no habría expropiaciones ni redistribución real de la riqueza, únicamente reformas cosméticas que en el fondo son migajas debajo de la mesa de sus amos.
Y así llega el fascismo, Milei en Argentina, Bukele en El Salvador, Noboa en Ecuador, Boluarte en Perú y Paz en Bolivia son una parte. No sólo de las clases medias eternamente insatisfechas se alimentan sus bases, también de los más pobres que se sienten timados por la "izquierda progresista" y corren a los brazos ya no del que prometa prosperidad sino al menos seguridad y orden, con el orden el castigo a los “culpables” de su pobreza: los migrantes, los que no tienen casa, los pueblos indígenas, los trabajadores organizados.
Sin embargo, hay esperanza, no en los partidos que se dicen de izquierda pero que sólo administran la desigualdad. La esperanza está en la organización colectiva, en lo comunitario, en las asambleas barriales, en las comunidades indígenas que defienden sus territorios del extractivismo, en los trabajadores que impulsan un nuevo sindicalismo, en los colectivos que construyen educación fuera del Estado, la esperanza está en la construcción de una verdadera izquierda que no busque administrar el Estado de desigualdad sino cimbrar sus bases y transformarlo desde lo estructural sin miedos; una izquierda que no tema estar del lado de los trabajadores, que no tema expropiar a los expropiadores.
Es necesario construir esa izquierda que no tema confrontar al imperialismo ni romper con sus organismos de dominación. Una izquierda que entienda que no se trata de llegar al poder para negociar con los de siempre sino de construir un poder que dispute cada espacio, cada recurso, cada decisión.
Si algo nos enseña este momento histórico es que al fascismo no se la vence con tibieza ni con reformas, se le vence organizándose, y entendiendo que hay que disputarle cada espacio, cada territorio, cada lugar, sea material o simbólico, porque al final la disputa es entre la vida y la dignidad con la que debe vivirse contra la barbarie que se nos quiere imponer como único horizonte.
Fuente: E-Consulta.
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