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Elecciones en Puebla: ¿para qué?
Noticia publicada a
las 02:18 am 23/01/26
Por: Ociel Mora.
Hoy nos encaminamos hacia una elección local sin oposición efectiva, sin deliberación pública.
Como se avizora desde octubre del año pasado, Puebla se encamina hacia una elección local sin oposición efectiva, sin partidos fuertes, sin deliberación pública y sin proyectos específicos orientados a enfrentar problemas estructurales y endémicos.
A ello se suman candidaturas definidas a dedo y liderazgos muy cuestionados en determinados sectores. El desaliento aparece como horizonte, y el riesgo de que las elecciones se conviertan en un proceso prescindible no parece remoto. Acudir a las urnas no se traduce, para amplios sectores de la población, en beneficios sustantivos que mejoren su vida material. Entonces, la pregunta emerge cruda: Votar, ¿para qué?
Me lo explicó con claridad meridiana un campesino indígena de la sierra: la única esperanza que tengo de beneficiarme de las elecciones son los quinientos pesos que me puedan pagar por mi voto. La frase, bruta en su nitidez, retrata el ¿colapso? del sentido cívico de la elección.
La mayoría de los personajes que hoy se encuentran en la primera línea del proceso electoral son figuras advenedizas, sostenidas por padrinazgos políticos y no por trayectorias propias, con capacidades acreditadas o legitimidad social. Son los aventureros de cada sexenio. Nada de esto augura un buen desenlace.
Se les reconoce con facilidad: no son partidarios del debate ni del consenso popular, sino de la proclama vacua y de prender incienso. Su pobreza ideológica es insinuante y delatora. No se les recuerda por declaraciones o posicionamientos dignos de ponderación, capaces de generar expectativas o de marcar una diferencia real —su diferencia— respecto del pasado, y de quienes fustigan a cada hora.
Las expectativas inmediatas de futuro están resquebrajadas. Hay frustración y, en no pocas conciencias, un sentimiento de estafa: la percepción de que las elecciones no transforman nada esencial, sino que administran la precarización. No se trata únicamente de responsabilizar a los gobiernos en funciones. Parte del malestar social hunde sus raíces en el pobre desempeño de la oposición partidista cuando tuvo la oportunidad de ejercer el poder.
La oposición actual carece de agenda y teme al debate. Sin el protagonismo de la palabra no hay democracia. El ejercicio de la palabra es un acto de civilidad; silenciarla abre la puerta a la barbarie. La oposición legislativa no rinde cuentas de su propio desempeño ni exige cuentas a su contraparte: omite un deber esencial.
Resulta revelador que oposición y gobierno coincidan en algo: ninguno habla de ciudadanía. Tal vez porque hacerlo implicaría reconocerle derechos. En el peor de los casos, es prueba fehaciente de que entre unos y otros no existe una brecha sustantiva que los separa.
A este ritmo, con este desempeño y con una participación ciudadana cada vez más exigua, no solo se corre el riesgo de desmoralizar el interés social por elegir a sus gobernantes, sino de llegar al punto —ya advertido— en el que las elecciones se perciban como un proceso prescindible.
Los principales partidos de oposición (PAN, PRI y MC) mantienen presencia en el Congreso local; sin embargo, frente a los grandes problemas de la entidad —incluidas libertades amenazadas— sus diputados guardan un silencio estruendoso que raya en la complicidad. Han claudicado de su deber supremo: la deliberación de lo público. Los ciudadanos sobrevivimos, así, en el desamparo legislativo.
Tocqueville en La democracia en América, veía en la elección de autoridades el mecanismo mediante el cual se materializa el principio de la soberanía popular. A través de las elecciones se otorga legitimidad al poder. Sin embargo, advertía también que, cuando estas se vacían de contenido o se pervierten, pueden generar inestabilidad y erosionar los proyectos de largo plazo.
Mientras los partidos políticos no eleven la vara para acceder a una candidatura, la entidad —y el país— seguirán deslizándose por el tobogán de la ingobernabilidad, hasta rozar el fondo de la anarquía. Y entonces, ¡todo se habrá jodido!